April 2013

El Decamerón. Jornada primera, novela segunda: La corte de Roma

Novela segunda de la primera Jornada de El Decamerón

El judío Abraham, animado por Giannotto de Civigní, va a la corte de Roma; y, vista la maldad de los clérigos, regresa a París y se hace Cristiano

La narración de Pánfilo fue en parte reída y en todo celebrada por las mujeres, y habiendo sido atentamente escuchada y llegado a su fin, como estaba sentada junto a él Neifile, le mandó la reina que, contando una, siguiese el orden del comenzado entretenimiento. Y ella, como quien no menos de corteses maneras que de belleza estaba adornada, alegremente repuso que de buena gana, y comenzó de esta guisa:

-Mostrado nos ha Pánfilo con su novelar la benignidad de Dios que no mira nuestros errores cuando proceden de algo que no nos es posible ver; y yo, con el mío, entiendo mostraros cuánto esta misma benignidad, soportando pacientemente los defectos de quienes deben dar de ella verdadero testimonio con obras y palabras y hacen lo contrario, es por ello mismo argumento de infalible verdad para que los que creemos sigamos con más firmeza de ánimo.

La corte de Roma - Grabado original de Celedonio Perellón

 

Tal como yo, graciosas señoras, he oído decir, hubo en París un gran mercader y hombre bueno que fue llamado Giannotto de Civigní, lealísimo y recto y gran negociante en el rango de la pañería; y tenía íntima amistad con un riquísimo hombre judío llamado Abraham, que era también mercader y hombre harto recto y leal. Cuya rectitud y lealtad viendo Giannotto, empezó a tener gran lástima de que el alma de un hombre tan valioso y sabio y bueno fuese a su perdición por falta de fe, y por ello amistosamente le empezó a rogar que dejase los errores de la fe judaica y se volviese a la verdad cristiana, a la que como santa y buena podía ver siempre aumentar y prosperar, mientras la suya, por el contrario, podía distinguir cómo disminuía y se reducía a la nada. El judío contestaba que ninguna creía ni santa ni buena fuera de la judaica, y que en ella había nacido y en ella entendía vivir y morir; ni habría nada que nunca de aquello le hiciese moverse. Giannotto no cesó por esto de, pasados algunos días, repetirle semejantes palabras, mostrándole, tan burdamente como la mayoría de los mercaderes pueden hacerlo, por qué razones nuestra religión era mejor que la judaica.

Y aunque el judío fuese en la ley judaica gran maestro, no obstante, ya que la amistad grande que tenía con Giannotto le moviese, o tal vez que las palabras que el Espíritu Santo ponía en la lengua del hombre simple lo hiciesen, al judío empezaron a agradarle mucho los argumentos de Giannotto; pero obstinado en sus creencias, no se dejaba cambiar. Y cuanto él seguía pertinaz, tanto no dejaba Giannotto de solicitarlo, hasta que el judío, vencido por tan continuas instancias, dijo:

-Ya, Giannotto, a ti te gusta que me haga cristiano; y yo estoy dispuesto a hacerlo, tan ciertamente que quiero primero ir a Roma y ver allí al que tú dices que es el vicario de Dios en la tierra, y considerar sus modos y sus costumbres, y lo mismo los de sus hermanos los cardenales; y si me parecen tales que pueda por tus palabras y por las de ellos comprender que vuestra fe sea mejor que la mía, como te has ingeniado en demostrarme, haré aquello que te he dicho: y si no fuese así, me quedaré siendo judío como soy.

Cuando Giannotto oyó esto, se puso en su interior desmedidamente triste, diciendo para sí mismo: «Perdido he los esfuerzos que me parecía haber empleado óptimamente, creyéndome haber convertido a éste; porque si va a la corte de Roma y ve la vida criminal y sucia de los clérigos, no es que de judío vaya a hacerse cristiano, sino que si se hubiese hecho cristiano, sin falta volvería judío». Y volviéndose a Abraham dijo:

-Ah, amigo mío, ¿por qué quieres pasar ese trabajo y tan grandes gastos como serán ir de aquí a Roma? Sin contar con que, tanto por mar como por tierra, para un hombre rico como eres tú todo está lleno de peligros. ¿No crees que encontrarás aquí quien te bautice? Y si por ventura tienes algunas dudas sobre la fe que te muestro, ¿hay mayores maestros y hombres más sabios allí que aquí para poderte esclarecer todo lo que quieras o preguntes? Por todo lo cual, en mi parecer esta idea tuya está de sobra. Piensa que tales son allí los prelados como aquí los has podido ver y los ves; y tanto mejores cuanto que aquéllos están más cerca del pastor principal. Y por ello esa fatiga, según mi consejo, te servirá en otra ocasión para obtener algún perdón, en lo que yo por ventura te haré compañía.

A lo que respondió el judío:

-Yo creo, Giannotto, que será como me cuentas, pero por resumirte en una muchas palabras, estoy del todo dispuesto, si quieres que haga lo que me has rogado tanto, a irme, y de otro modo no haré nada nunca.

Giannotto, viendo su voluntad, dijo:

-¡Vete con buena ventura! -y pensó para sí que nunca se haría cristiano cuando hubiese visto la corte de Roma; pero como nada se perdía, se calló.

El judío montó a caballo y lo antes que pudo se fue a la corte de Roma, donde al llegar fue por sus judíos honradamente recibido; y viviendo allí, sin decir a ninguno por qué hubiese ido, cautamente empezó a fijarse en las maneras del papa y de los cardenales y de los otros prelados y de todos los cortesanos; y entre lo que él mismo observó, como hombre muy sagaz que era, y lo que también algunos le informaron, encontró que todos, del mayor al menor, generalmente pecaban deshonestísimamente de lujuria, y no sólo en la natural sino también en la sodomítica, sin ningún freno de remordimiento o de vergüenza, tanto que el poder de las meretrices y de los garzones al impetrar cualquier cosa grande no era poder pequeño.

Además de esto, universalmente golosos, bebedores, borrachos y más servidores del vientre (a guisa de animales brutos, además de la lujuria) que otros conoció abiertamente que eran; y mirando más allá, los vio tan avaros y deseosos de dinero que por igual la sangre humana (también la del cristiano) y las cosas divinas que perteneciesen a sacrificios o a beneficios, con dinero vendían y compraban haciendo con ellas más comercio y empleando a más corredores de mercancías que había en París en la pañería o ningún otro negocio, y habiendo a la simonía manifiesta puesto el nombre de «mediación» y a la gula el de «manutención», como si Dios, no ya el significado de los vocablos, sino la intención de los pésimos ánimos no conociese y a guisa de los hombres se dejase engañar por el nombre de las cosas. Las cuales, junto con otras muchas que deben callarse, desagradaron sumamente al judío, como a hombre que era sobrio y modesto, y pareciéndole haber visto bastante, se propuso retornar a París; y así lo hizo. Adonde, al saber Giannotto que había venido, esperando cualquier cosa menos que se hiciese cristiano, vino a verle y se hicieron mutuamente grandes fiestas; y después que hubo reposado algunos días, Giannotto le preguntó lo que pensaba del santo padre y de los cardenales y de los otros cortesanos. A lo que el judío respondió prestamente:

-Me parecen mal, que Dios maldiga a todos; y te digo que, si yo sé bien entender, ninguna santidad, ninguna devoción, ninguna buena obra o ejemplo de vida o de alguna otra cosa me pareció ver en ningún clérigo, sino lujuria, avaricia y gula, fraude, envidia y soberbia y cosas semejantes y peores, si peores puede haberlas; me pareció ver en tanto favor de todos, que tengo aquélla por fragua más de operaciones diabólicas que divinas. Y según yo estimo, con toda solicitud y con todo ingenio y con todo arte me parece que vuestro pastor, y después todos los otros, se esfuerzan en reducir a la nada y expulsar del mundo a la religión cristiana, allí donde deberían ser su fundamento y sostén. Y porque veo que no sucede aquello en lo que se esfuerzan sino que vuestra religión aumenta y más luciente y clara se vuelve, me parece discernir justamente que el Espíritu Santo es su fundamento y sostén, como de más verdadera y más santa que ninguna otra; por lo que, tan rígido y duro como era yo a tus consejos y no quería hacerme cristiano, ahora te digo con toda franqueza que por nada dejaré de hacerme cristiano. Vamos, pues, a la iglesia; y allí según las costumbres debidas en vuestra santa fe me haré bautizar.

Giannotto, que esperaba una conclusión exactamente contraria a ésta, al oírle decir esto fue el hombre más contento que ha habido jamás: y a Nuestra Señora de París yendo con él, pidió a los clérigos de allí dentro que diesen a Abraham el bautismo. Y ellos, oyendo que él lo demandaba, lo hicieron prontamente; y Giannotto lo llevó a la pila sacra y lo llamó Giovanni, y por hombres de valer lo hizo adoctrinar cumplidamente en nuestra fe, la que aprendió prontamente; y fue luego hombre bueno y valioso y de santa vida.

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El Decamerón. Jornada primera, novela sexta: El inquisidor

Un buen hombre confunde, con un ingenioso dicho, la malvada hipocresía de los religiosos.

Emilia, que estaba sentada junto a Fiameta, habiendo sido ya alabado por todas el valor y la cortés reprensión hecha por la marquesa al rey de Francia, como agradó a su reina, comenzó a decir con animosa franqueza:

-Yo tampoco callaré una lección que dio un buen hombre laico a un religioso avaro con una agudeza no menos divertida que digna de loa.

Hubo, pues, queridos jóvenes, no hace mucho tiempo, en nuestra ciudad, un fraile menor, inquisidor de la depravación herética que, por mucho que se ingeniase en parecer santo y tierno amante de la fe cristiana (como todos hacen), no era menos buen investigador de quien tenía la bolsa llena que de quien sintiera tibieza en la fe. Y llevado por su solicitud encontró por acaso un buen hombre, bastante más rico en dineros que en juicio, el cual no ya por falta de fe sino hablando simplemente, tal vez con el vino o por la alegría de la abundancia calentado, había llegado a decir un día a la compañía con quien estaba que tenía un vino tan bueno que de él bebería Cristo. Lo que, siéndole contado al inquisidor y entendiendo éste que sus haberes eran grandes y que tenía bien abultada la bolsa, cum gladiis et fustibus corrió impetuosísimamente a echarle encima una gravísima acusación, entendiendo no que de ella debiese resultar un alivio a la incredulidad del procesado sino una afluencia de florines a su mano, como sucedió.

El Inquisidor - Grabado original de Celedonio Perellón

El Inquisidor – Grabado original de Celedonio Perellón

Y, haciéndolo llamar, le preguntó si era verdad lo que le habían dicho contra él. El buen hombre contestó que sí, y le dijo el modo. A lo que el inquisidor santísimo y devoto de San Juan Barba de Oro dijo:

-¿De modo que has hecho a Cristo bebedor y aficionado a los buenos vinos, como si fuese Cinciglione o algún otro de vosotros, bebedores borrachos y tabernarios, y ahora, hablando humildemente, ¿quieres hacer ver que es una cosa sin importancia? No es como te parece; has merecido el fuego por ello, si es que queremos comportarnos contigo como debemos.

Y con éstas y con otras bastantes palabras, con rostro amenazador, como si aquél hubiese sido un epicúreo negando la eternidad del alma, le hablaba; y, en resumen, tanto lo asustó, que el buen hombre, por algunos intermediarios, le hizo con una buena cantidad de la grasa de San Juan Barba de Oro ungir las manos (lo que mucho mejora la enfermedad de la pestilente avaricia de los clérigos, y especialmente de los frailes menores que no osan tocar el dinero) para que se condujese con él misericordiosamente. La cual unción, aunque Galeno no habla de ella como muy eficaz en ninguna parte de sus libros, tanto le aprovechó, que el fuego que le amenazaba se permutó en una cruz: y como si hubiera de ir a la expedición de ultramar, para hacer una bella bandera, se la puso amarilla sobre lo negro. Y además de esto, recibidos ya los dineros, le retuvo junto a sí unos días más, poniéndole por penitencia que todas las mañanas oyese una misa en Santa Cruz y que a la hora de comer se presentase delante de él, y que lo restante del día podía hacer lo que más le gustase.

Y, haciendo el dicho hombre estas cosas diligentemente, sucedió que una de las mañanas oyó en misa un evangelio en el que se cantaban estas palabras: «Recibiréis ciento por uno y recibiréis la vida eterna», que retuvo firmemente en la memoria; y según la obligación impuesta, viniendo a la hora de comer ante el inquisidor, lo encontró almorzando. El inquisidor le preguntó si había oído misa aquella mañana y él, prontamente, le respondió:

-Sí, señor mío.

A lo que el inquisidor dijo:

-¿Has oído, en ella, alguna cosa de la que dudes o quieras preguntarme?

-En verdad -repuso el buen hombre- de nada de lo que he oído dudo, y todo firmemente lo creo verdadero; y algo he oído que me ha hecho y me hace tener de vos y de los otros frailes grandísima compasión, pensando en el mal estado en que vais a estar allá en la otra vida.

Dijo entonces el inquisidor:

-¿Y qué es lo que te ha movido a tener esta compasión de nosotros?

El buen hombre respondió:

-Señor mío, fueron aquellas palabras del Evangelio que dicen: «Recibiréis el ciento por uno».

A lo que el inquisidor dijo:

-Así es; pero ¿por qué te han conmovido estas palabras?

-Señor mío -dijo el buen hombre- yo os lo diré. Desde que vengo aquí, he visto todos los días dar aquí afuera a muchos pobres a veces uno y otras dos calderos de sopa, que se os quita a vos y a los frailes de vuestro convento como superflua; por lo que si por cada uno os van a dar ciento en el más allá tanta tendréis que allí dentro todos vais a ahogaros.

Y como todos los que estaban sentados a la mesa del inquisidor se echaran a reír, el inquisidor, sintiendo que se transparentaba la hipocresía de sus sopicaldos, se enojó todo, y si no fuese porque ya se le reprochaba lo que le había hecho, otra acusación le habría echado encima por lo que con aquel chiste había reprobado a él y a sus holgazanes invitados; y, con ira, le ordenó que hiciese lo que más le gustara sin ponérsele más delante.

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El Decamerón. Jornada primera, novela quinta: La Marquesa de Monferrato

Novela quinta de la primera Jornada de El Decamerón

La marquesa de Monferrato refrena, con un convite de gallinas e ingeniosas palabras, el loco amor del rey de Francia.

La historia contada por Dioneo hirió primero de alguna vergüenza el corazón de las damas que la escuchaban y dio de ello señal el honesto rubor que apareció en sus rostros; mas luego, mirándose unas a otras, pudiendo apenas contener la risa, la escucharon sonriendo. Y llegado el final, después de haberle reprendido con algunas dulces palabras, queriendo mostrar que historias semejantes no debían contarse delante de mujeres, la reina, vuelta hacia Fiameta (que junto a él estaba sentada en la hierba), le mandó que continuase el orden establecido, y ella galanamente y con alegre rostro, mirándola, comenzó:

La marquesa de Monferrato - Grabado original de Celedonio Perellón

La marquesa de Monferrato - Grabado original de Celedonio Perellón

-Tanto porque me complace que hayamos entrado a demostrar con las historias cuánta es la fuerza de las respuestas agudas y prontas, como porque tan gran cordura es en el hombre amar siempre a mujeres de linaje más alto que el suyo como es en las mujeres grandísima precaución saber guardarse de caer en el amor de un hombre de mayor posición que la suya, me ha venido al ánimo, hermosas señoras, mostraros, en la historia que me toca contar, cómo una noble dueña supo con palabras y obras guardarse de esto y evitar otras cosas.

Había el marqués de Monferrato, hombre de alto valor, gonfalonero de la Iglesia, pasado a ultramar en una expedición general hecha por los cristianos a mano armada; y hablándose de su valor en la corte de Felipe el Tuerto, que se preparaba a ir desde Francia en aquella misma expedición, fue dicho por un caballero que no había bajo las estrellas otra pareja semejante a la del marqués y su mujer: porque cuanto destacaba en todas las virtudes el marqués entre los caballeros, tanto era la mujer entre las demás mujeres hermosísima y valerosa. Las cuales palabras entraron de tal modo en el ánimo del rey de Francia que, sin haberla visto nunca, comenzó a amarla ardientemente, y se propuso no hacerse a la mar, en la expedición en que iba, sino en Génova para que, yendo por tierra, pudiese tener un motivo razonable para ir a ver a la marquesa, pensando que, no estando el marqués, podría suceder que viniese a tener efecto su deseo. Y según lo había pensado mandó que fuese puesto en ejecución; por lo que, enviando delante a todos los hombres, él con poca compañía y de hombres nobles, se puso en camino, y acercándose a la tierra del marqués, mandó decir a la señora con anticipación de un día que a la mañana siguiente le esperase a almorzar. La señora, sabia y precavida, repuso alegremente que aquél era un favor superior a cualquier otro y que fuese bien venido.

Y enseguida se puso a pensar qué querría decir que un tal rey, no estando su marido, viniese a visitarla; y no la engañó en esto la sospecha de que la fama de su hermosura lo atrajese. Pero no menos como mujer de pro se dispuso a honrarlo, y haciendo llamar a todos los hombres buenos que allí habían quedado, dio con su consejo las órdenes oportunas para todos los preparativos: pero la comida y los manjares quiso prepararlos ella misma. Y sin demora hizo reunir cuantas gallinas había en la comarca, y tan sólo con ellas indicó a sus cocineros que preparasen varios platos para el convite real.

Vino, pues, el rey el día dicho y fue recibido por la señora con gran fiesta y honor; y a él, más de lo que había imaginado por las palabras del caballero, al mirarla le pareció hermosa y valerosa y cortés, y se maravilló grandemente y mucho la estimó, encendiéndose tanto más en su deseo cuanto más sobrepasaba la señora la estima que él había tenido de ella. Y luego de algún reposo tomado en cámaras adornadísimas con todo lo que es necesario para recibir a tal rey, venida la hora del almuerzo, el rey y la marquesa se sentaron a una mesa, y los demás según su condición fueron en otras mesas honrados.

Aquí, siendo el rey servido sucesivamente con muchos platos y vinos óptimos y preciosos, y además de ello mirando de vez en cuando con deleite a la hermosísima marquesa, gran placer tenía. Pero llegando un plato tras el otro, comenzó el rey a maravillarse un tanto advirtiendo que, por muy diversos que fueran los guisos, no lo eran tanto que no fuesen todos hechos de gallina. Y como supiese el rey que el lugar donde estaba era tal que debía haber abundancia de variados animales salvajes, y que con haberle avisado de su venida había dado a la señora espacio suficiente para poder mandar a cazarlos, como mucho de esto se maravillase, no quiso tomar ocasión de hacerla hablar de otra cosa sino de sus gallinas; y con alegre rostro se volvió hacia ella y le dijo:

-Dama, ¿nacen en este país solamente gallinas sin ningún gallo?

La marquesa, que entendió óptimamente la pregunta, pareciéndole que según su deseo Nuestro Señor le había mandado momento oportuno para poder mostrar su intención, hacia el rey que le preguntaba resueltamente vuelta, repuso:

-No, monseñor; pero las mujeres, aunque en vestidos y en honores algo varíen de las otras, todas sin embargo son igual aquí que en cualquier parte.

El rey, oídas estas palabras, bien entendió la razón de la invitación a gallinas y la virtud que escondían aquellas palabras y comprendió que en vano se gastarían las palabras con tal mujer y que no era el caso de usar la fuerza; por lo que, así como imprudentemente se había encendido en su amor, así era sabio apagar por su honor el mal concebido fuego. Y sin bromear más, temeroso de sus respuestas, almorzó fuera de toda esperanza, y terminado el almuerzo, le pareció que con el pronto partir disimularía su deshonesta venida, y agradeciéndole por haberle honrado, encomendándolo ella a Dios, se fue a Génova.

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El Decamerón. Jornada primera, novela cuarta: Monje en pecado

Novela cuarta de la primera Jornada de El Decamerón

Un monje, caído en pecado digno de gravísimo castigo, se libra de la pena reconviniendo con discreción a su abad por esa misma culpa.

Ya se calla Filomena, liberada de su historia, cuando Dioneo, que junto a ella estaba sentado, sin esperar de la reina otro mandato, conociendo ya por el orden comenzado que a él le tocaba tener que hablar, de tal guisa comenzó a decir:

-Amorosas señoras, si he entendido bien la intención de todas, estamos aquí para complacernos a nosotros mismos novelando, y por ello, tan sólo porque contra esto no se vaya, estimo que a cada uno debe serle lícito (y así dijo nuestra reina, hace poco, que era) contar aquella historia que más crea que pueda divertir; por lo que, habiendo escuchado cómo por los buenos consejos de Giannotto de Civigní salvó su alma el judío Abraham y cómo por su prudencia defendió Melquisidech sus riquezas de las asechanzas de Saladino, sin esperar que me reprendáis, entiendo contar brevemente con qué destreza libró su cuerpo un monje de gravísimo castigo.

Monje en pecado - Grabado original de Celedonio Perellón

Monje en pecado - Grabado original de Celedonio Perellón

Hubo en Lunigiana, pueblo no muy lejano de éste, un monasterio más copioso en santidad y en monjes de lo que lo es hoy, en el que, entre otros, había un monje joven cuyo vigor y vivacidad ni los ayunos ni las vigilias podían macerar. El cual, por acaso, un día hacia el mediodía, cuando los otros monjes dormían todos, habiendo salido solo por los alrededores de su iglesia, que estaba en un lugar asaz solitario, alcanzó a ver a una jovencita harto hermosa, hija tal vez de alguno de los labradores de la comarca, que andaba por los campos cogiendo ciertas hierbas: no bien la había visto cuando fue fieramente asaltado por la concupiscencia carnal.

Por lo que, avecinándose, con ella trabó conversación y tanto anduvo de una palabra en otra que se puso de acuerdo con ella y se la llevó a su celda sin que nadie se apercibiese. Y mientras él, transportado por el excesivo deseo, menos cautamente jugueteaba con ella, sucedió que el abad, levantándose de dormir y pasando silenciosamente por delante de su celda, oyó el alboroto que hacían los dos juntos; y para conocer mejor las voces se acercó quedamente a la puerta de la celda a escuchar y claramente conoció que dentro había una mujer, y estuvo tentado a hacerse abrir; luego pensó que convendría tratar aquello de otra manera y, vuelto a su alcoba, esperó a que el monje saliera fuera.

El monje, aunque con grandísimo placer y deleite estuviera ocupado con aquella joven, no dejaba sin embargo de estar temeroso y, pareciéndole haber oído algún arrastrar de pies por el dormitorio, acercó el ojo a un pequeño agujero y vio clarísimamente al abad escuchándole y comprendió muy bien que el abad había podido oír que la joven estaba en su celda. De lo que, sabiendo que de ello debía seguirle un gran castigo, se sintió desmesuradamente pesaroso; pero sin querer mostrar a la joven nada de su desazón, rápidamente imaginó muchas cosas buscando hallar alguna que le fuera salutífera. Y se le ocurrió una nueva malicia (que el fin imaginado por él consiguió certeramente) y fingiendo que le parecía haber estado bastante con aquella joven le dijo:

-Voy a salir a buscar la manera en que salgas de aquí dentro sin ser vista, y para ello quédate en silencio hasta que vuelva.

Y saliendo y cerrando la celda con llave, se fue directamente a la cámara del abad, y dándosela, tal como todos los monjes hacían cuando salían, le dijo con rostro tranquilo:

-Señor, yo no pude esta mañana traer toda la leña que había cortado, y por ello, con vuestra licencia, quiero ir al bosque y traerla.

El abad, para poder informarse más plenamente de la falta cometida por él, pensando que no se había dado cuenta de que había sido visto, se alegró con tal ocasión y de buena gana tomó la llave y semejantemente le dio licencia. Y después de verlo irse empezó a pensar qué era mejor hacer: o en presencia de todos los monjes abrir la celda de aquél y hacerles ver su falta para que no hubiese ocasión de que murmurasen contra él cuando castigase al monje, o primero oír de él cómo había sido aquel asunto.

Y pensando para sí que aquélla podría ser tal mujer o hija de tal hombre a quien él no quisiera hacer pasar la vergüenza de mostrarla a todos los monjes, pensó que primero vería quién era y tomaría después partido; y quedamente yendo a la celda, la abrió, entró dentro, y volvió a cerrar la puerta. La joven, viendo venir al abad, palideció toda, y temblando empezó a llorar de vergüenza. El señor abad, que le había echado la vista encima y la veía hermosa y fresca, aunque él fuese viejo, sintió súbitamente no menos abrasadores los estímulos de la carne que los había sentido su joven monje, y para sí empezó a decir:

«Bah, ¿por qué no tomar yo del placer cuanto pueda, si el desagrado y el dolor aunque no los quiera, me están esperando? Ésta es una hermosa joven, y está aquí donde nadie en el mundo lo sabe; si la puedo traer a hacer mi gusto no sé por qué no habría de hacerlo. ¿Quién va a saberlo? Nadie lo sabrá nunca, y el pecado tapado está medio perdonado. Un caso así no me sucederá tal vez nunca más. Pienso que es de sabios tomar el bien que Dios nos manda».

Y así diciendo, y habiendo del todo cambiado el propósito que allí le había llevado, acercándose más a la joven, suavemente comenzó a consolarla y a rogarle que no llorase; y de una palabra en otra yendo, llegó a manifestarle su deseo. La joven, que no era de hierro ni de diamante, con bastante facilidad se plegó a los gustos del abad: el cual, después de abrazarla y besarla muchas veces, subiéndose a la cama del monje, y en consideración tal vez del grave peso de su dignidad y la tierna edad de la joven, temiendo tal vez ofenderla con demasiada gravedad, no se puso sobre el pecho de ella sino que la puso a ella sobre su pecho y por largo espacio se solazó con ella.

El monje, que había fingido irse al bosque, habiéndose ocultado en el dormitorio, como vio al abad solo entrar en su celda, casi por completo tranquilizado, juzgó que su estratagema debía surtir efecto; y, viéndole encerrarse dentro, lo tuvo por certísimo. Y saliendo de donde estaba, calladamente fue hasta un agujero por donde lo que el abad hizo o dijo lo oyó y lo vio. Pareciéndole al abad que se había demorado bastante con la jovencita, encerrándola en la celda, se volvió a su alcoba; y luego de algún tiempo, oyendo al monje y creyendo que volvía del bosque, pensó en reprenderlo duramente y hacerlo encarcelar para poseer él solo la ganada presa; y haciéndolo llamar, duramente y con mala cara le reprendió, y mandó que lo llevaran a la cárcel. El monje prestísimamente respondió:

-Señor, yo no he estado todavía tanto en la orden de San Benito que pueda haber aprendido todas sus reglas; y vos aún no me habíais mostrado que los monjes deben acordar tanta preeminencia a las mujeres como a los ayunos y las vigilias; pero ahora que me lo habéis mostrado, os prometo, si me perdonáis esta vez, no pecar más por esto y hacer siempre como os he visto a vos.

El abad, que era hombre avisado, entendió prestamente que aquél no sólo sabía su hecho sino que lo había visto, por lo que, sintiendo remordimientos de su misma culpa, se avergonzó de hacerle al monje lo que él también había merecido; y perdonándole e imponiéndole silencio sobre lo que había visto, con toda discreción sacaron a la jovencita de allí, y aún debe creerse que más veces la hicieron volver.

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El Decamerón. Jornada primera, novela tercera: El judío Melquisedec

Novela tercera de la primera Jornada de El Decamerón

El judío Melquisedec evita, gracias a un cuento de tres anillos, una peligrosa trampa que Saladino le había tendido.

Después de que, alabada por todos la historia de Neifile, calló ésta, como gustó a la reina, Filomena empezó a hablar así:

-La historia contada por Neifile me trae a la memoria un peligroso caso sucedido a un judío; y porque ya se ha hablado tan bien de Dios y de la verdad de nuestra fe, descender ahora a los sucesos y los actos de los hombres no se deberá hallar mal, y vendré a narrárosla para que, oída, tal vez más cautas os volváis en las respuestas a las preguntas que puedan haceros.

El judío Melquisedec - Grabado original de Celedonio Perellón

El judío Melquisedec - Grabado original de Celedonio Perellón

Debéis saber, amorosas compañeras, que así como la necedad muchas veces aparta a alguien de un feliz estado y lo pone en grandísima miseria, así aparta la prudencia al sabio de peligros gravísimos y lo pone en grande y seguro reposo. Y cuán verdad sea que la necedad conduce del buen estado a la miseria, se ve en muchos ejemplos que no está ahora en nuestro ánimo contar, considerando que todo el día aparecen mil ejemplos manifiestos; pero que la prudencia sea ocasión de consuelo, como he dicho, os mostraré brevemente con un cuentecillo.

Saladino, cuyo valer fue tanto que no solamente le hizo llegar de hombre humilde a sultán de Babilonia, sino también lograr muchas victorias sobre los reyes sarracenos y cristianos, habiendo en diversas guerras y en grandísimas magnificencias suyas gastado todo su tesoro, y necesitando, por algún accidente que le sobrevino, una buena cantidad de dineros, no viendo cómo tan prestamente como los necesitaba pudiese tenerlos, le vino a la memoria un rico judío cuyo nombre era Melquisidech, que prestaba con usura en Alejandría; y pensó que éste tenía con qué poderlo servir, si quería, pero era tan avaro que por voluntad propia no lo hubiera hecho nunca, y no quería obligarlo por la fuerza; por lo que, apretándole la necesidad se dedicó por completo a encontrar el modo como el judío le sirviese, y se le ocurrió obligarle con algún argumento verosímil. Y haciéndolo llamar y recibiéndole familiarmente, le hizo sentar con él y después le dijo:

-Hombre honrado, he oído a muchas personas que eras sapientísimo y muy avezado en las cosas de Dios; y por ello querría saber cuál de las tres leyes reputas por verdadera: la judaica, la sarracena o la cristiana.

El judío, que verdaderamente era un hombre sabio, advirtió demasiado bien que Saladino buscaba cogerlo en sus palabras para moverle alguna cuestión, y pensó que no podía alabar a una de las tres más que a las otras sin que Saladino saliese con su empeño; por lo que, como a quien le parecía tener necesidad de una respuesta por la que no pudiesen llevarle preso, aguzado el ingenio, le vino pronto a la mente lo que debía decir; y dijo:

-Señor mío, la cuestión que me proponéis es fina, y para poder deciros lo que pienso de ella querría contaros el cuentecillo que vais a oír. Si no me equivoco, me acuerdo de haber oído decir muchas veces que hubo una vez un hombre grande y rico que, entre las otras joyas más caras que tenía en su tesoro, tenía un anillo bellísimo y precioso al que, queriendo hace honor por su valor y su belleza y dejarlo perpetuamente a sus descendientes ordenó que aquel de sus hijos a quien, habiéndoselo dejado él, le fuese encontrado aquel anillo, que se entendiese que él era su heredero y debiese ser por todos los demás honrado y reverenciado como a mayorazgo, ya que a quien fue dejado por éste guardó el mismo orden con sus descendiente e hizo tal como había hecho su predecesor. Y, en resumen, este anillo anduvo de mano en mano de muchos sucesores y últimamente llegó a las manos de uno que tenía tres hijos hermosos y virtuosos y muy obedientes al padre por lo que amaba a los tres por igual. Y los jóvenes, que conocían la costumbre del anillo, deseoso cada uno de ser el más honrado entre los suyos, cada uno por sí, como mejor sabían, rogaban al padre, que era ya viejo, que cuando sintiese llegar la muerte, a él le dejase el anillo.

El honrado hombre, que por igual amaba a todos, no sabía él mismo elegir a cuál debiese dejárselo y pensó, habiéndoselo prometido a todos, en satisfacer a los tres: y secretamente a un buen orfebre le encargó otros dos, los cuales fueron tan semejantes al primero que el mismo que los había hecho hacer apenas distinguía cuál fuese el verdadero; y sintiendo llegar la muerte, secretamente dio el suyo a cada uno de sus hijos. Los cuales, después de la muerte del padre, queriendo cada uno posesionarse de la herencia y el honor, y negándoselo el uno al otro, como testimonio de hacerlo con todo derecho, cada uno mostró su anillo; y encontrados los anillos tan iguales el uno al otro que cuál fuese el verdadero no sabía distinguirse, se quedó pendiente la cuestión de quién fuese el verdadero heredero del padre, y sigue pendiente todavía.

Y lo mismo os digo, señor mío, de las tres leyes dadas a los tres pueblos por Dios padre sobre las que me propusisteis una cuestión: cada uno su herencia, su verdadera ley y sus mandamientos cree rectamente tener y cumplir, pero de quién la tenga, como de los anillos, todavía está pendiente la cuestión.

Conoció Saladino que éste había sabido salir óptimamente del lazo que le había tendido y por ello se dispuso a manifestarle sus necesidades y ver si quería servirle; y así lo hizo, manifestándole lo que había tenido en el ánimo hacerle si él tan discretamente como lo había hecho no le hubiera respondido. El judío le sirvió libremente con toda la cantidad que Saladino le pidió y luego Saladino se la restituyó enteramente, y además de ello le dio grandísimos dones y siempre por amigo suyo lo tuvo y en grande y honrado estado lo conservó junto a él.

Grabados de Celedonio Perellón para la primera jornada de El Decamerón

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El Decamerón. Jornada primera, novela primera: Ser Ciapelleto

Novela primera de la primera Jornada de El Decamerón

Cepparello engaña con una falsa confesión a un santo fraile y muere; y, habiendo sido un pésimo hombre en vida, de muerto es reputado por santo y llamado San Chapeleto.

Conviene, carísimas señoras, que a todo lo que el hombre hace le dé principio con el nombre de Aquél que fue de todos hacedor; por lo que, debiendo yo el primero dar comienzo a nuestro novelar, entiendo comenzar con uno de sus maravillosos hechos para que, oyéndolo, nuestra esperanza en él como en cosa inmutable se afirme, y siempre sea por nosotros alabado su nombre. Manifiesta cosa es que, como las cosas temporales son todas transitorias y mortales, están en sí y por fuera de sí llenas de dolor, de angustia y de fatiga, y sujetas a infinitos peligros; a los cuales no podremos nosotros sin algún error, los que vivimos mezclados con ellas y somos parte de ellas, resistir ni hacerles frente, si la especial gracia de Dios no nos presta fuerza y prudencia. La cual, a nosotros y en nosotros no es de creer que descienda por mérito alguno nuestro, sino por su propia benignidad movida y por las plegarias impetradas de aquellos que, como lo somos nosotros, fueron mortales y, habiendo seguido bien sus gustos mientras tuvieron vida, ahora se han transformado con él en eternos y bienaventurados; a los cuales nosotros mismos, como a procuradores informados por experiencia de nuestra fragilidad, y tal vez no atreviéndonos a mostrar nuestras plegarias ante la vista de tan grande juez, les rogamos por las cosas que juzgamos oportunas.

 

Ser Ciapelleto - Grabado original de Celedonio Perellón

Ser Ciapelleto - Grabado original de Celedonio Perellón


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Presentación del libro Sant Jordi – San Jorge

Con motivo de las celebraciones el próximo 23 de abril del Día de Aragón y del Día Mundial del libro.

La Diputación de Zaragoza acogerá la presentación del libro “Sant Jordi-San Jorge“, el próximo 19 de abril a las 20h.

La publicación, editada por Liber Ediciones, incluye tres importantes textos: las “Actas de San Jorge Mártir” y la “Leyenda Dorada” de Santiago de la Vorágine, así como un estudio del investigador italiano Stefano Maria Cingolani titulado “San Jorge, un santo legendario“.

Acompañan a los textos cincuenta ilustraciones entre dibujos y estampas calcográficas creadas por el artista aragonés Natalio Bayo, siete litografías a color y a toda página y nueve grabados de gran formato, algunos a sangre, que han sido estampados en los tórculos del taller Antonio Saura de Fuendetodos (Zaragoza).

La presentación correrá a cargo de José Manuel Larqué, diputado delegado de Cultura y vicepresidente de la IFC.; D. Guillermo Fatás, catedrático de la Universidad de Zaragoza; el Dr. Stefano Maria Cingolani de la Universidad de la Sapienza de Roma; Natalio Bayo, autor de las litografías y los grabados y Juan José Izquierdo, editor de la obra.

 

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