January 2015

2015, el año de los clásicos

Santa Teresa de Jesús, Cervantes, Galdós, T. S. Eliot, Flaubert, Conrad, Lichtenberg, Balzac o Bartolomé de las Casas, entre los clásicos que regresan a las librerías en los primeros meses del año. Los clásicos, reza el adagio, nunca pasan de moda. Y conscientes de ello, y aprovechando, por qué no, los distintos aniversarios y conmemoraciones que atraviesan el año, varias editoriales han decidido, en este arranque de 2015, incorporar en sus catálogos a un buen número de autores inmortales que o bien necesitaban un lavado de cara, o bien tenían aún alguna obra inexplicablemente inédita en español. Habría que mencionar, al comienzo, y coincidiendo con los 500 años del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, la edición anotada que la profesora Elisenda Lobato ha preparado para Lumen de El libro de la vida, acaso el clásico entre los clásicos de la literatura autobiográfica, escrito por una de las mujeres más influyentes de la historia, patrona de los escritores, reformadora del Carmelo, religiosa revolucionaria, santa, mística, Doctora de la Iglesia y eterna inspiración de artistas (Bernini partió de un pasaje de este mismo libro para crear El éxtasis de Santa Teresa) que, con un lenguaje tan sencillo como sorprendente, alcanza aquí extraordinarios niveles de introspección. Unamuno definió El libro de la vidacomo una “autobiografía psicológica” y Cioran confesaba haber sentido una verdadera “conmoción” al leerlo. El despliegue de Lumen con la efémeride incluye también Malas palabras, novela en la que Cristina Morales asume la voz de la mística para preguntarse por su literatura de haber sido la santa no una santa, sino una librepensadora; y Ariel se sumará a los fastos y publicará en febrero Para vos nací, de Espido Freire, que reconstruye, a modo de diario íntimo, la vida de la autora de Las moradas a lo largo de todo un mes. Y con motivo del otro gran aniversario de 2015, los cuatrocientos años de la segunda parte del Quijote, la RAE sacará a la calle una nueva edición de la obra fundacional de la novela moderna. Y aún hay mucho más. En Lumen, Carmen Riera se dará una vuelta por La sirenita, de Hans Christian Andersen, y llegará a las librerías una nueva traducción de Andreu Jaume de La tierra baldía, de T. S. Eliot, que será el homenaje del sello al poeta en los cincuenta años de su muerte. Literatura Random House estrenará diseño de la colección de Grandes Clásicos con una edición de Tristana, de Benito Pérez Galdós, y Alfaguara publicará, coincidiendo con el estreno teatral, Los cuentos de la peste, pieza dramática de Mario Vargas Llosa inspirada en el Decameron deBoccaccio. Y este enero, también en Random House, podremos leer El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, autora viva, pero ya clásica, del siglo XX americano, cuya presencia en España había sido irregular hasta precisamente la publicación, en 2006, del libro ahora reeditado, al que siguieron Una liturgia común, Los que sueñan el sueño dorado y Noches azules. Si en Noches azulesla escritora se ponía a sí misma en observación tras la muerte de su hija, en El año del pensamiento mágico es su marido -su muerte- lo que impulsa la narración. La historia de Joan Didion es espeluznante: su hija Quintana sufrió una hemorragia cerebral y un día, al llegar a casa del hospital, marido y mujer sentados a la mesa, él murió de un infarto fulminante. Didion ganó con este libro el National Book Award en 2005. Ático de los libros publicará El mundo en que vivimos, de Anthony Trollope, una novela inédita en castellano; y en marzo serán traducidos por primera vez al catalán los Fragmentos de un discurso amoroso (Fragments d’un discurs Amorós), de Roland Barthes. El filósofo francés sigue el hilo argumental deWerther y, a través de lecturas de autores como Proust, Nietzsche, Stendhal o Freud, hace una disección, ya clásica, de la pulsión amorosa. Siruela, que da inicio en 2015 a la Biblioteca Amos Oz, publica el tercer y último libro de ensayos del Nobel ruso Joseph Brodsky bajo el título Del dolor y la razón. El escritor, ya entonces en EE. UU (el libro reúne textos escritos entre 1986 y 1995), reflexiona sobre algunos de sus temas predilectos, como la dinámica de la poesía, el arte de la lectura o la naturaleza de la historia.

Flaubert, Defoe, Stevenson

En no ficción, Hermida Editores publicará el primer volumen de los Cuadernosde Georg Christoph Lichtenberg, autor clásico de la Ilustración alemana cuya huella es rastreable en infinitos autores posteriores, de Thomas Mann a Nietzsche, o de Wittgenstein a André Breton. Y la misma casa continúa recuperando a Balzac con el segundo volumen de La comedia humana, en el que se incluyen ochos relatos y novelas cortas. Según apuntan desde Hermida, aquí están presentes los motivos principales del torrencial escritor: “el dinero, la codicia, el amor, los celos, las desavenencias conyugales y la hipocresía”. El traductor del otro gran libro sobre Balzac publicado en 2014 (Cuentos completos, Páginas de Espuma), Mauro Armiño, presentará su nuevo trabajo también en las próximas semanas: una antología de novelas eróticas de los siglos XVIII y XIX que, bajo el título Los dominios de Venus, sacará a la venta Siruela. Páginas de Espuma, por cierto, nos regalará en abril otro libro indispensable: Cuadernos. Apuntes y reflexiones, de Gustave Flaubert, inédito hasta ahora en español. Con traducción y notas de Eduardo Berti, estos textos del autor de Madame Bovary, comentan desde la editorial, son perfectos para “el lector que desee profundizar en la génesis de la literatura, en su problemática y en cómo la vida, de una forma u otra, se cuela en las fisuras de la creación”. La segunda versión en pocos meses -tras la ilustrada de Sexto Piso- deRobinson Crusoe, de Daniel Defoe, esta vez de Siruela, llegará en marzo a las librerías en una traducción de Jordi Fibla y con prólogo de Alberto Manguel. En abril, Sexto Piso publicará la narrativa corta completa de Joseph Conrad en una traducción de Andrés Barba; y antes, en enero, Alba sacará a la venta una edición ilustrada por Mervyn Peake de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Stevenson. “Tuvo tanto éxito desde el principio que se hizo difícil valorarla como la obra maestra que era”, dijo sobre el libro de StevensonHenry James, de quien, por cierto, la editorial Alba recupera, también en las próximas semanas, la novela En la jaula, publicada por primera vez en 1898, mismo año en que vio la luz una de las cumbres del autor de Retrato de una dama, Otra vuelta de tuerca. Anagrama, por su parte, comienza estos días la publicación de la esperada biblioteca Patricia Highsmith, en donde saldrán en los próximos meses, con nuevos diseños, seis novelas: Extraños en un tren, El talento de Mr. Ripley, Ese dulce mal, El grito de la lechuza, Crímenes imaginarios y El diario de Edith, obras todas que confirman aquello que dijo Graham Greene sobre la inquietante escritora: “Las novelas de Patricia Highsmith pueden releerse una y otra vez”. Y dos libros de Taurus abrirán el año en el género biográfico. Por un lado, en la exquisita colección Españoles Eminentes le toca el turno a Bartolomé de las Casas. Escrito por Bernat Hernández, este trabajo incide en la obra intelectual y política de quien fuera, durante la conquista de América, soldado, encomendero, clérigo dominico, obispo, consejero y, sobre todo, eminente crítico de la Corona; y la periodista argentina Irene Chikiar Bauer publicará en febrero un ambicioso estudio de casi mil páginas sobre Virginia Woolf y su tiempo.

El Cultural.es

Madame Bovary, de Gustave Flaubert: espectáculo narrativo de ejecución intachable

“Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad”, dice Italo Calvino en “Por qué leer los clásicos” y así se recoge, junto con otras citas del mismo texto, en la edición de “Madame Bovary” (disponible en FantasyTienda) que nos ofrece Siruela. Enfrentarse a un clásico siempre es especial, diferente que a cualquier otra lectura. Mucho tiene que ver con esa sensación aquello de los que nos advierte Calvino: antes de empezar siquiera a descifrar la primera palabra creemos cargar con un millar de datos, prejuicios y valoraciones de la obra. Nos preguntamos: ¿apreciaré la importancia que tiene?, ¿veré aquello que otros vieron?, ¿merece realmente la pena con todo lo que ya sé del libro?, ¿y si me veo antes la (las, en este caso) película? Por fortuna, todo ese humo se disipa nada más pasar la primera página, y según avancemos en la obra cardinal del maestro de maestros Gustave Flaubert (Ruán, 1821- Croisset, 1880) solo lo recordaremos como un lejano -y absurdo- desvarío.

Madame Bovary es en realidad Emma Rouault, la hija de un acomodado agricultor al que el oficial de salud Charles Bovary debe atender una fría noche de invierno. Hermosa, de esmerada educación y apasionada por las lecturas románticas, la joven encandilará a Charles y se convertirá, a partir de entonces, en una fuerza arrolladora que a pesar de todos, y de sí misma, turbará las vidas de los vecinos de Yonville-l Abbaye, un pueblo en los confines de Normandía.

Previamente, en la primera parte de la novela, Flaubert recorre las vivencias del futuro marido de Emma así como los preámbulos y la culminación del inevitable amorío; sentando, además, las bases que harán de la ya señora Bovary un personaje mítico. Porque es al final del primer bloque donde por vez primera se nos muestra a esa Emma presa de sus ensoñaciones, víctima de la monotonía y cautiva de sí misma, que tras mucho buscar propósitos con los que distraerse, acaba provocando el traslado de la familia. Un cambio de aires de cuyo resultado ya advirtió Séneca a Lucilio: “¿Quieres saber por qué esa huida no te reconforta? Huyes contigo mismo”.

Con la llegada de los Bovary a Yonville-l Abbaye da comienzo la segunda, y capital, parte de la novela. Capital porque será donde Flaubert lance sus cargas de profundidad contra todo aquel que se ponga a tiro. Gobernantes, religiosos, comerciantes, médicos, intelectuales, prensa, nobleza, prestamistas, y como no, el fisco. Apoteósico es el capítulo dedicado a la feria agrícola, donde una tras otra, las distintas autoridades van compareciendo ante el respetable para pronunciar sus hilarantes discursos con tanto éxito, que incluso “vaqueros y pastores habían empujado hasta allí a sus animales”. Inolvidables serán para cualquier lector vecinos como Homais, y su síndrome verborreico; el abate Bournisien, con su resignado ejercicio del ministerio o Lheureux, el “honrado” mercader que cumplirá todos los deseos de nuestra protagonista. Habitantes de un pueblo con un ecosistema propio que es proyectado de manera magistral. Los dimes y diretes, las intrigas y las cuitas de sus habitantes son tratados en profundidad pero con perspicacia. En “Madame Bovary” lo obvio rara vez se encuentra. Flaubert es sibilino en su propuesta porque parece llevarnos por la nada hacia la nada cuando en realidad no hay ni una página en la que dé puntada sin hilo.

¿Y qué ha sucedido con nuestra cautivadora heroína? Como no podía ser de otra manera, se ha vuelto enamorar. Entre lo casto y lo carnal, lo solo imaginado y lo repetidamente consumado, Emma conocerá el éxtasis y se reencontrará con el delirio, llevándonos en otra huida a la última parte de la novela. En esta ocasión, sin embargo, la fuga más que un cambio de escenario impone un cambio de perspectiva. Ruán tendrá al fin el papel que merece, pero incluso la ciudad natal de su creador será un vago espejismo para Madame. A cada paso más alejada de una realidad que ha transformado en ilusión, Bovary es ya una condenada, porque persigue algo que únicamente existe en las románticas historias leídas e imaginadas durante su adolescencia y que han distorsionado sus sentimientos hasta reducirlos a un puñado de frases hechas, situaciones deseadas y amores imposibles.

Llegados a este punto, y firme mi propósito de no desvelar sino lo estrictamente necesario, ¿mantiene su impronta “Madame Bovary”? Sin duda. Creo, eso sí, que en la actualidad los romances de Emma no le robarán el sueño a nadie. Pero la cuestión fundamental, entonces y ahora, es otra. Al margen de la incuestionable vigencia de sus ya apuntadas reflexiones, si en su tiempo el libro tuvo mucho que ver con la “guerra” frente al romanticismo (en la que Flaubert luchó por libre), hoy continúa erigiéndose como paradigma de la novela perfecta, compendio de cómo se debe ejercer un oficio transmutado en arte difícil de encontrar en nuestros días.

Una estructura estudiada al milímetro, capítulos que merecerían una reseña propia (como el de Hippolyte y su pie zopo, el de la Ópera de Ruán o el “accidentado” viaje en carruaje por sus calles), y pasajes en los que como si de una obra de teatro se tratara, suceden al tiempo múltiples enredos entre los que nos movemos en un suspiro. Sigue asombrando la destreza del ruanés en el retrato de la naturaleza, las calles y el entorno que habitan sus personajes, plasmados, a su vez, de un modo soberbio y deliciosamente cruel. No los juzga, pero a cambio los expone de un modo tan transparente, bien como son (Emma) o bien como quieren presentarse (Homais), que los deja constantemente a los pies de los caballos.

El conjunto habla de una gran novela, pero también, y sobre todo, de un extraordinario autor. En su “Nota de traducción” Mauro Armiño inicia su excelso trabajo diciéndonos que Flaubert dedicó cinco años ininterrumpidos a la creación de su obra cumbre, un texto de 500 folios para cuyo alumbramiento llegó a redactar 4.500. Pero por entonces, Madame Bovary no había hecho más que comenzar su verdadero viacrucis. A la implacable censura a la que el mismo Flaubert había sometido su obra, se sumó la impuesta por las recomendaciones de sus amigos íntimos y en especial, del codirector de la Revue de Paris, la revista encargada de la publicación. Para colmo, las supresiones y adaptaciones practicadas no evitarían que las autoridades denunciasen a los editores y al autor por “ofensa a la moral religiosa” y “ultraje a las buenas costumbres”, proceso del que por fortuna fueron absueltos.

Los problemas con los que Flaubert hubo de lidiar acrecientan la grandeza de la obra y su propio mito. El de escritor obsesivo y perfeccionista, que pone su vida al servicio de la literatura y gasta su salud en la búsqueda incansable de esa única palabra que expresa adecuadamente un determinado pensamiento. El resultado es un espectáculo narrativo de ejecución intachable.

La edición de Siruela es magnífica, con una traducción que colma de información al lector por medio de casi doscientas notas y un Apéndice que añade tres fragmentos recientemente descubiertos en los manuscritos originales. Por ponerle un pero, hubiera sido de agradecer que el encargado del prólogo no revelara el final de la novela en la segunda de las dos páginas que ocupa. Avisados quedáis, Vargas Llosa: SPOILER ALERT.

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