February 2015

Entre Sorolla y Mérimée

Los tópicos permanecen, pero cambian de forma, se modernizan, han soltado el trabuco para armarse de tarjetas black, que sólo son la punta del iceberg que no se ve. Hace más de siglo y medio se necesitó que fuera un francés el que viniese a hurgar en una España que atrajo precisamente por eso, por su primitivismo en las relaciones sociales, por su violencia de facas y puñales: y Prosper Mérimée (1803-1870) lo vio sin ser ningún peligroso izquierdista: el joven romántico se había convertido antes ya de mediados de siglo en un conservador radical que se irritaba con las revueltas de la Comuna francesa e incluso ante los conatos de rebeldía en la España de 1836 y 1840. Definía, por ejemplo el sufragio universal, como une lourde bêtise qui fera le tour du monde(“Una burda simpleza que dará la vuelta al mundo”).Acertó en eso de “burda simpleza”: basta mirar en qué pesadilla la han convertido en España desde la muerte del dictador. La Carmen de “don Próspero Merimée” –como le llamaban por aquí durante la segunda mitad del XIX– hizo más por la Marca España que todos los ministerios de cultura y de incultura de los últimos 40 años. Puso a España en el mundo –buena parte del mundo era entonces Francia–, y atrajo turistas –cierto que escritores, pintores– intrigados por ver hasta dónde llegaba el atraso del país: unos rebuscaban costumbres locales que convertían en símbolos y en folclore; a otros, del horror que sentían sólo les salvaba Velázquez en el Museo del Prado: “¡Qué país, España!”, escribe Renoir a su marchante Vollard algo más de 50 años después. “Durante todo un mes que he pasado allí, no he visto una sola mujer bonita; y esa ausencia total de vegetación. Lo he visto en Sevilla; pero, como no estaba ya de moda, he tenido que ir a los barrios más sucios de las afueras, ¡y qué monstruos de mujeres! Y las cigarreras, tan alabadas por los literatos, ¡verdaderos horrores! Habría dejado España el mismo día de mi llegada, si no hubiera tenido el museo de Madrid. ¡Ah, los Velázquez!”. Una mirada distinta.

La Carmen de Mérimée. En algo más de medio siglo, el deslumbramiento de Mérimée ante bandoleros, gitanas y toreros se había tornado repugnancia: el novelista había visto con ojos de romántico una realidad que al pintor impresionista, que miraba, sin más prejuicios que los de la belleza, la luz y del color, le repelía. Para no hacer como Renoir, para no mirar lo que ocurre en este octubre del 2014, mejor ir de exposiciones. En el Museo Thyssen (hasta el 9 de noviembre) se expone una pequeña muestra en torno a la Carmen de Mérimée, que ha coincidido con la versión zarzuela de la ópera de Bizet por la Orquesta de la Comunidad de Madrid. Mito sustancioso: Mérimée cumplió con el obligado viaje de los románticos a una España donde encontraron un regusto fernandino (Fernando VII, el rey felón) que mantenía viejas estructuras sociales y una sociedad campesina donde el tiempo no avanzaba desde el siglo XV. Mérimée visitó España siete ocasiones entre 1830 y 1863, y pudo ver ese atraso, con su cortejo de hambres y violencia, que convertía el solar ibérico en un campo de contemplación“pintoresca”; de Victor Hugo a Gautier o W. Irving fueron muchos los que pasearonuna mirada deslumbrada por aquella especie de crisol del pasado; varios terminaron escribiendo su Voyage en Espagne, con recuento de bandoleros y formas ancestrales de convivencia, o situando las tramas en la geografía española. En el caso de Mérimée, quizá sea el primero de sus viajes el que fija de manera definitiva su idea y su imaginario de España, y el más significativo por lo que a Carmen se refiere y por lo que supuso para la instalación del autor en la vida aristocrática francesa a partir de 1850, gracias a las relaciones que trabó durante aquel primer periplo de casi medio año –de finales de junio a primeros de diciembre–; queda entonces fascinado por una región, Andalucía, y conoce e intima con varias personas: el conde de Teba y sus hijas, Paca y Eugenia de Montijo (más tarde duquesa de Alba la primera, y esposa de Napoleón  III la segunda) a cuyo alrededor gravitará luego, en distinto grado según las épocas, la existencia del novelista. Fue Manuela, la condesa de Teba, la que contó a Mérimée relatos y sucedidos que más tarde entrarán por mucho en la composición de Carmen: en primer lugar, la historia verídica de su propio cuñado, enamorado de una cigarrera; y también la del jaque que termina matando a su bailarina por excitar de manera enfermiza sus celos. Todavía no son los personajes ni la trama de Carmen al completo, pero el tiempo actúa en la mente del novelista como depurador de elementos que, unidos a otros –la incorporación del pintoresquismo gitano y vasco–, concluyen en una tragedia de subido color local. Si se le añaden las Lettres d’Espagne, con sus reportajes sobre temas puntuales como “Los combates de toros”, “Una ejecución”, “Las brujas españolas”, etc., el francés dejó material suficiente para construir el tópico real de la España de murga y pandereta… Una vez publicada la novela (1845), su argumento no tardó en emigrar a otras artes: la Carmen de Bizet le dio alas y de ella se apoderó el cine ya en 1907; rondan ya medio centenar de filmes en distintos países e idiomas, de Chaplin a Carlos Saura, del senegalés Gai Ramaka a Otto Preminger, o la vanguardia francesa con Godard (1983). Pero no es algo delpasado: ese arquetipo universal sigue sirviendo a distintos artistas, como la Carmen –la última que yo sepa–, ilustrada por el pintor Natalio Bayo en 2007 con once grabados y dos litografías (Liber Ediciones), que trasladan ese mundo de amor y navajas de Mérimée. La recoleta exposición del Thyssen es una breve muestra titulada Carmen en las colecciones españolas. No hay mucho, desde luego: una decena de cuadros costumbristas de pintores menores acompañan a un estupendo lienzo de Picasso, Corrida de toros (1934) y la edición ilustrada que el malagueño hizo con el poeta Louis Aragon, Le Carmen des Carmen (1964); libretos y partituras de la zarzuela derivada de la ópera bizetiana completan la muestra.

Veraneantes a la orilla del mar. Es excesivo este titular, porque en la exposición Sorolla y Estados Unidos (Fundación Mapfre, hasta el 11 de enero de 2015) hay mucho más: se ha dividido la muestra en distintas secciones que abarcan paisajes y jardines, escenas de mar y playa, estudios, dibujos y guaches, retratos, todo ello comisariado por la biznieta del pintor, Blanca Pons-Sorolla. Puede además compaginarse con otra, Trazos en la arena, esta vez en el Museo Sorolla madrileño, que se inaugura el mismo día que escribo estas líneas (porlo tanto, no la he visto); abierta hasta febrero, hace hincapié en un aspecto menos divulgado del artista: el dibujo; además de 28 óleos, muestra noventa dibujos de los cinco mil que guarda ese Museo, algo más de la mitad de los que supone su catálogo gráfico total, que rondaría los nueve mil. El prolífico pintor valenciano había empezado haciendo realismo social: su primer éxito, ¡Otra Margarita! (otra Margarita Gautier, de La dama de las camelias) había obtenido una medalla en una exposición internacional de Madrid, pero, contra la costumbre, el Estado español no compró el cuadro; faltaría más: un cuadro sombrío, con una infanticida llevada en un vagón de tren por dos guardias civiles; al año siguiente, 1983, lo presentaba junto a otros cinco en una Exposición de Chicago y era comprado allí. Fue su primer paso. Tuvo Sorolla luego la suerte de cruzarse con Archer Milton Huntington, rico heredero hijo de un fundador de una compañía de ferrocarriles, que, en vez de dedicarse a fundir su fortuna como otra rica heredera del mismo ramo, Anna Gould –en realidad la dilapidó alegremente su marido, el conde Boni de Castellane, uno de los dandis de principios del XX–, se apasionó por la arqueología, la filantropía y el hispanismo; en 1904 fundó la Hispanic Society of America y allí fueron a parar los cuadros de Sorolla antes incluso desde que se conocieran personalmente. Fue a finales de esa primera década cuando realiza su primera exposición en Nueva York, en 1909, que tuvo más de 1.600.000 visitantes en un solo mes: desde entonces, su clientela norteamericana no hizo más que crecer y a sus encargos se dedicó el pintor desde entonces, dejando al otro lado del Atlántico una enorme cantidad de obra, tanto en la Hispanic Society como entre coleccionistas, como el magnate Thomas F. Ryan sobre todo (aficionado al tipismo andaluz): no sólo apreciaron la segunda parte de la producción soleada del artista –playas con niños, paisajes mediterráneos inundados de luz–, sino también sus retratos: en su viaje de 1911 a Estados Unidos, recibió 54 encargos, algunos de los cuales hubo de terminar cuando ya regresó a España; además, los poco conocidos aspectos de Nueva York, como las guachas que hizo desde su habitación del hotel Savoy, con vistas a Central Park y el cruce de la quinta Avenida con la calle 59. De todo ello, da cumplida referencia la exposición.

EL SIGLO, Cultura.  Mauro Armiño

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