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Cervantes, el soldado que nos enseñó a hablar
Texto de María Teresa León
Ilustraciones de José
Luis Fariñas
Primer Premio al Libro Mejor Editado en la
Modalidad de Bibliofilia otorgado por el Ministerio de Cultura en 2007
Amor constante, más allá del destierro
Prólogo por Almudena Grandes
"Estoy cansada de no saber dónde morirme". María Teresa León murió en España, pero antes escribió esta frase tan
pequeña en apariencia y tan grande, tan honda, en realidad. Estoy
cansada de no saber dónde morirme. Memoria de la melancolía, publicado
en Buenos Aires, en 1970, es más que un excelente libro de memorias,
quizás el mejor de los que publicaron los autores de su generación. La
del 27 o –como sería más justo empezar a llamarla– la de la República,
fue la primera de escritores españoles que sintieron la necesidad de
contar lo que habían vivido y lo hicieron profusa, casi obsesivamente,
como si supieran hasta qué punto nos resultaría a nosotros
imprescindible aprenderlo, tantos años después. Entre todos los relatos
de la gloria y de la rabia, del coraje y la tristeza de ser españoles,
Memoria de la melancolía sobresale como la expresión más conmovedora,
más dolorosa y exacta, de la pena del destierro, ese cansancio tan
grande y tan pequeño de no saber dónde morirse.
"¿No comprendéis? Nosotros somos aquellos que miraron sus
pensamientos uno por uno durante treinta años". María Teresa se
dirigía a los españoles del futuro, a la generación de sus hijos, sí,
pero también a la de sus nietos, a los que crecerían y se harían adultos
en un país reunido. Ella no dudó nunca del porvenir, de la caducidad de
su derrota. Por eso, desde el corazón mismo de la amargura, siempre
quiso hablar de amor, de su amor, el que lo resistió todo, el que venció
a la distancia, el que se hizo más fuerte al otro lado del tiempo y del
espacio. Amor por España y por su lengua, amor por su gente y por su
literatura, amor por su desgracia y por su pobreza, amor en presente,
como un destino libre, felizmente asumido, sin más nostalgia que la del
futuro, esa alegría completa de volver a vivir en España, que apenas
lograría probar.

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El soldado que nos enseñó a hablar fue el último fruto de ese amor
ilimitado, generoso y constante. En 1978, al fin, por fin, María Teresa
León volvió a tener entre sus manos un libro suyo publicado en Madrid.
Entonces ya era y no era ella, era ella pero no del todo. La enfermedad
había insuflado el veneno de la desmemoria en la memoria pura, pero por
encima del desorden de los rostros y las fechas, más allá del asombro
oceánico que nos sonríe en sus últimas fotografías, a mí me gusta pensar
que se dio cuenta, que en el instante de recibir su último libro, de
tocarlo, y olerlo, y cobijarlo como hacemos todos los escritores con
nuestros hijos recién nacidos, María Teresa León comprendió que
Cervantes, el amor ilimitado y constante que también había sentido
siempre por él, la había devuelto a España de la mano. El autor de
Don Quijote siempre había sido uno de sus escritores
favoritos. Por eso, con la confianza con la que tratamos a los buenos
amigos, la gente que nos quiere y a la que queremos, ella se lo inventa,
lo convierte en su propio personaje, lo recrea a imagen y semejanza de
su enorme corazón. Esto es lo que ofrece al lector en El soldado que nos
enseñó a hablar, mucho más que una biografía convencional, el previsible
relato de una vida conocida que se apoya en datos concretos, exactos y
bien documentados.
No era eso lo que ella pretendía. María Teresa quería
hablar de Miguel pero también hablar con él, e implicar a los lectores
en esa conversación fabulosa que la había ligado a Cervantes durante
toda su vida. Este es el hallazgo de un libro especial, escrito con el
respeto supremo del amor, pero sin la reverencia acartonada, rígida, con
la que se suele tratar a los clásicos, como si nunca hubieran vivido,
como si no hubieran tenido un cuerpo capaz de gozar y de dolerse, como
si no hubieran sido más que un nombre solemne, y hasta capaz de inspirar
temor, en las letras doradas de las portadas de sus propios libros.Porque Miguel vivió, luego murió, más tarde siguió viviendo. Vivirá
siempre, para siempre, vive aquí, mientras camina, se ríe, sufre, sueña,
lucha, respira. Y María Teresa vive por él, respira en su propio
aliento.
Ella, que conoció bien la derrota y la incertidumbre, los
pesares del destierro y de los malos amores, la zozobra económica y la
necesidad de escribir, se crea a sí misma, una vez más, en la fragilidad
del genio que aún no sabe que lo es, y sufre con él, por él, con la
pasión que sabía poner en todo. Es inevitable adivinar el orgullo y el
dolor de la autora en los de su personaje y, al mismo tiempo, imposible
dejar de conmoverse ante su ternura, la de una madre ante un joven pobre
e infortunado, la de una hija ante el escritor al que todos los
escritores españoles se lo debemos todo. Y aún hay algo más, una
sensación que emana del propio texto y escapa a los criterios que rigen
los análisis críticos, una intuición gozosa, sin forma, sin nombre. La
certeza de que a Miguel de Cervantes le hubiera gustado mirarse en este
espejo.

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Porque María Teresa León escritora no es aquí tan importante como María
Teresa León lectora, ávida y leal devoradora de las obras de su
personaje, hambrienta y enamorada de su genio, de su gloria. Es siempre
el amor lo que la empuja en pos de Miguel, de su vida, pero también de
sus libros, autor y obra una sola cosa en las páginas de esta historia
inventada y verdadera. Inventada porque ni Sancho, ni Dulcinea, ni la
gitanilla, ni Rinconete, ni la ilustre fregona, ni tantas de las
criaturas cervantinas que se asoman a estas páginas para guiñarnos un
ojo mientras se lo guiñan al soldado que nos enseñó a hablar, se
presentaron ante Cervantes como aquí se describe. Verdadera porque María
Teresa levanta la estructura de una ficción tan poderosa, tan cargada de
amor y de conocimiento, que su complicidad ofrece a cualquier lector un
espléndido camino para descubrir la gran verdad de Miguel de Cervantes.
Todos los escritores nos inventamos como personajes en nuestros libros.
Él nos lo enseñó, y nosotros seguimos sus enseñanzas como podemos. Las
siguió María Teresa, cuando lo eligió pobre, solo, soldado, curioso y
amante de la gente que le rodeaba, de la pobre gente española de su
época. Y al identificarse con él, con la misma libertad que habría
empleado consigo misma, asumió la verdad suprema de la literatura, que
es un río que fluye a lo largo del tiempo, siempre igual, siempre
antiguo, y recién nacido, y uno de los nombres de la eternidad. Por eso, este Miguel es también María Teresa. Yo, que no la conocí, la
encuentro aquí a cada paso. ¡Miel de la Alcarria! ¡A ochavito la onza,
miel! Y me imagino la dulzura que impregnaba su paladar mientras
escribía este pregón, que bastaba para atarla a su memoria, a su lengua,
a su país, allá donde estuviera. Hubo un hombre enviado por Dios, que se
llamaba Juan. Es ella la que escribe, y don Juan de Austria el
triunfador de Lepanto, pero la esperanza de las causas justas late en su
regocijo por una remota victoria, como la desolación de la derrota
atenaza los pies de Miguel en el puerto de Argel, que podría ser el de
Alicante excepto por la crueldad de los niños que cantan, Don Juan non
venir, non rescatar, non fugir, acá morir, perros, acá morir..., ante la
triste estampa de los cautivos desarmados.
Y las envidias, las
traiciones, la decepción, la pobreza, y tanto amor por España, tanto
amor por su lengua, por su gente, y tanta fe, al otro lado del tiempo y
del espacio. Y el privilegio de ser, todos un poco, Miguel de Cervantes
Saavedra, que nos regala María Teresa León en estas páginas.

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Las magníficas ilustraciones de
José Luis Fariñas que enriquecen esta
edición de El soldado que nos enseñó a hablar, afianzan el juego de
identidades, la galería de espejos que enfrentan a la autora con su
personaje. Fariñas prolonga la libertad de María Teresa al imaginar a
Miguel como un Alonso Quijano armado de pluma, viejo y derrotado,
cargado de amargura y sin ganas de batallar, como antes lo había pintado
en versos León Felipe.
Un Cervantes Quijote, que se nutre de la gloria
del personaje que él mismo ha creado en una interpretación delicada y
sugerente, que se instala en el clima de los sueños. Los grabados de
José Luis Fariñas, plenos de símbolos, de matices fantásticos, completan
el texto de María Teresa León con otra dimensión fundamental de su vida.
Es justo y hermoso que sea un artista americano, cubano, quien acompañe
en esta aventura a la escritora que, al marcharse de España, halló una
nueva patria al otro lado del océano. La suya estaba en ella. En su amor. En sus libros. Hasta el final.
"¿Ha llegado la hora de hacer mi testamento? Dejo a
las mujeres de España mi entusiasmo por la vida. Nada más. Es todo lo
que tengo". Así sea.
Almudena Grandes
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