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El DecamerónTercera JornadaBajo el gobierno de Neifile, sobre quien haya conquistado con ingenio algo muy deseado o haya recobrado algo perdido. La Tercera Jornada, contiene 10 aguafuertes realizados al azúcar, uno para cada jornada, y se realizan con dos planchas, entre las cuales se reparten varios colores. Los dibujos entre el texto, de trazo más grueso que en la segunda, son litografías a dos colores. El prólogo ha sido realizado por Carlos Alonso, Traductor de Italiano, Profesor de la Escuela Central de Idiomas de Madrid.
La peste negra, el Cisma de Occidente, las rivalidades entre señores feudales, las cruzadas, la naciente burguesía urbana, constituyen un exuberante tapiz donde se entretejen sermones moralistas y costumbres desenfadadas, … En este contexto aparece, según Vittore Branca, la obra más importante de la literatura universal y que más ha influido hasta nuestros días: El Decamerón de Boccacio. Pero, ¡ojo! "Todas las grandes obras literarias, afirma la traductora Esther Benítez, necesitan una traducción acorde con la sensibilidad de los tiempos en los que se siguen leyendo, y de ahí el abandono de unas versiones en beneficio de otras que las sustituyen. Y que por supuesto también son perecederas". Lo que explica entonces a sus futuros lectores, parafraseando a Ortega, es que no ha elegido llevar "el lector al autor", sino al contrario. En otras palabras, no quería sumergir a un lector de hoy en los tonos lingüísticos del momento en que Boccaccio redacta su obra, sino "traer el trecento italiano hasta nuestro siglo XX". En suma, modernizar la prosa boccacciana.
Novela primera
ESTHER BENÍTEZ IN MEMORIANLos trabajos editoriales de este "Decamerón" visto a través de las imágenes de Celedonio Perellón se encontraban a medio camino cuando fallecía Esther Benítez, la traductora de la versión de la gran obra boccacciana ofrecida en estas páginas. Traductora profesional, con una extensa lista de versiones del francés y del italiano en su haber, Premio Fray Luis de León por la versión de "Nuestros antepasados" de Italo Calvino, y Premio Nacional de Traducción a la obra de toda una vida, Esther Benítez no sólo concitó el respeto de sus compañeros y el reconocimiento público del mundo de la cultura, sino que la dimensión y calidad de su obra llevó a Italia y a Francia a ver en ella una notable embajadora y por ello la honraron. Las líneas que siguen, elaboradas por uno de sus compañeros en las tareas de la traducción del italiano, conocedor de Italia y su cultura, y enseñante de su lengua, pretenden incorporar a esta edición del texto de Boccaccio el calor que Esther Benítez derramaba en sus libros y en su relación personal. Descanse en paz. LAS DOS PREGUNTAS DE UNA GRAN TRADUCTORAEn el prólogo a la traducción del "Decamerón", que le encargara Alianza Editorial para sus libros de bolsillo, Esther Benítez plantea dos asuntos capitales. Capitales no sólo para quien traduce sino para el lector que se adentra en un libro vertido a su lengua.
Esther se pregunta primero por la razón de traducir otra vez el texto de Boccaccio cuando las versiones españolas antiguas y modernas configuran una enorme lista, y cuando unas cuantas de esas versiones (y recuerda con especial cariño la de Francisco José Alcántara, leída en su adolescencia) le parecen magníficas. La respuesta de Esther es muy simple, como se apresura a señalar ella misma. "Todas las grandes obras literarias, afirma, necesitan una traducción acorde con la sensibilidad de los tiempos en los que se siguen leyendo, y de ahí el abandono de unas versiones en beneficio de otras que las sustituyen. Y que por supuesto también son perecederas". La otra pregunta estrechamente ligada con la anterior, la hace la traductora de manera mucho más elíptica, seguramente porque se disponía a hablar de sí misma, y en los asuntos que tocaban a su modo de hacer era tan pudorosa como crítica y despegada. Lo que explica entonces a sus futuros lectores, parafraseando a Ortega, es que no ha elegido llevar "el lector al autor", sino al contrario. En otras palabras, no quería sumergir a un lector de hoy en los tonos lingüísticos del momento en que Boccaccio redacta su obra, sino "traer el trecento italiano hasta nuestro siglo XX". En suma, modernizar la prosa boccacciana.
Dicho esto añade que, al elegir esa vía, consideró que "podía prescindir del aparato crítico, de esas interminables notas que aclaran la apoyatura real e histórica en la que se asientan la mayor parte de los cuentos de Boccaccio, con morosas descripciones de las fuentes de cada relato y de su posterior influencia en otros textos literarios". Aclara, sí, que ese tipo de edición la fundamentan criterios tan legítimos como los suyos, y que los libros así elaborados tienen un sentido y cumplen su papel en los ámbitos del estudio y la erudición. Pero el encargo de traducir para una colección de bolsillo, sigue explicándose Esther en su prólogo, obligaba a situarse de otro modo, a perseguir el canto de nuestra lengua tal como es hoy, a verter en sus cadencias y sus tonos una prosa antigua que acababa de nacer cuando Boccaccio la toma. Aparta pues la posibilidad de conservar el léxico arcaico, los ritmos todavía latinizantes de la prosa boccacciana. En suma: ir por ese camino al Trecento. Esther Benítez se planteó siempre ambas preguntas a la hora de encarar un nuevo libro, y con semejante actitud de partida ha dado carta de naturaleza en nuestra lengua a grandes autores de Italia y Francia. Como recordaba a su muerte Miguel Sáez, otro gran traductor de estos días, "gracias a su castellano límpido y exacto", son un poco más nuestros los grandes italianos: Boccaccio, Maquiavelo, Manzoni, Buzatti, Pavese, Calvino, Moravia, Pasolini, Sciasccia, Anna María Ortese, Vincenzo Consolo, Alberto Savinio, … "esa joya que son las Memorias de Lorenzo Daponte", el libretista de Mozart, y los textos de otros grandes de Francia, como Maupassant o Zola.
Gabriel García Márquez contó un día a sus lectores que en realidad sus artículos no los hacía él, sino una máquina de escribir albergada desde tiempo inmemorial en su cabeza, una máquina que se conocía al dedillo la longitud adecuada de los párrafos, las palabras brillantes del arranque y del cierre, el cambio de tono cuando cambiaba la argumentación. Esther Benítez llevaba dentro, como ya he apuntado antes, el canto fresco de nuestra lengua, la de todos los días y la culta, la muy literaria y la que aún balbucea. Y la viveza de ese canto interior le permitía bañar en límpida y exacta prosa española las palabras nacidas lejos y con otro son. Carlos Alonso
El Decamerón
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