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La
técnica del 'pochoir', hoy desconocida, es, sin embargo, un procedimiento milenario cuya
invención se remontaría al siglo V. Se utiliza para colorear grabados en blanco y negro.
Tras analizar los colores del original, el
artesano reconstituye las formas necesarias trazando los contornos de los futuros patrones
o pochoirs sobre delgadas láminas de zinc o de cobre: estos son recortados a
continuación por medio de una fina punta de acero fijada en un mango de madera y son
confiados al colorista. Con ayuda de brochas y pinceles, pochoir tras
pochoir, las pasadas
sucesivas de los colores desembocan en la imagen definitiva tras conseguir los tonos
exactos, los menores matices, los valores más sutiles. El número restringido de
coloristas, la importante repetición de las pasadas para conseguir el color (a veces
hasta cien o más) y la paciente cadencia de las pinceladas a mano imponen largos plazos
de fabricación. El pochoir es pues un trabajo exclusivamente manual; de ahí su
dificultad y rareza. Es igualmente uno de los componentes esenciales que aseguran la
perennidad de este tipo de estampas y su revalorización. |
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