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SALOMÉ
OSCAR WILDE - CELEDONIO PERELLÓN
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Pocas figuras han tenido en la historia del arte tanto éxito como
Salomé, o Herodías, dado que a menudo se las ha confundido: su prestigio
se remonta en el arte pictórico a Memling, Cranach, Tiziano o Tiépolo;
pero su esplendor arranca sobre todo de mediados del siglo XIX, desde la
aparición de un libro del poeta alemán Heinrich Heine, Atta Troll,
que cruza de nuevo, con otras miras, la figura malvadamente apasionada de
Salomé con la bandeja en la que Herodes le sirve la cabeza decapitada de
Juan el Bautista; desde 1841, fecha de publicación de Atta Troll,
Salomé y el suplicio del profeta se convierten en una imagen obsesiva
para el arte -en especial para el Art Nouveau, para los simbolistas, con
Gustave Moreau a la cabeza, que repitió una y otra vez el tema- y las
letras: en los Salones parisinos de la segunda mitad del siglo, que
anualmente exponían la producción pictórica, no hubo año en que no
aparecieran cinco o seis Salomé; y en 1912 ya se contabilizaban
cerca de 2.800 poemas -homenajes y denuestos- de la bailarina que, con los
lúbricos movimientos de su danza, consiguió la cabeza de un hombre.
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Pese a sus vanguardias y a la relegación del tema, de la trama, como
objeto central del cuadro, el siglo XX ha seguido sintiéndose atraído
por la hermosa cortadora de cabezas: Sonia Delaunay, Julius Minger y
Francis Picabia en pintura, Guillaume Apollinaire y Jean Cocteau en
poesía, Richard Strauss o Leonard Bernstein en música -por citar sólo
algunos nombres de cada una de esas artes- han puesto otras luces, otras
metáforas y otros sonidos a una Salomé a la que Oscar Wilde prestó, en
su tragedia, una carga hasta entonces insospechada de erotismo, de turbios
y equívocos deseos que, sólo pocos años más tarde, Sigmund Freud
analizaría. |
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La primera edición de esta Salomé de Oscar Wilde tuvo en Aubrey
Beardsley el mejor ilustrador de ese Art Nouveau que embellecía,
inundando de sueño, el ámbito y las figuras. Las líneas, iluminadas por
claridades que procedían de una visión mística, elevaban la realidad a
categoría de sueño, de ciudad celeste que debía mucho -en sus rasgos,
en sus ropajes- a Oriente, pero un Oriente más japonizante que ese
Oriente mediterráneo que, con su carga de sexualidad a flor de piel,
empapa la danza de Salomé.
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Ahora, Celedonio Perellón vuelve a enfrentarse al mito como homenaje a
Oscar Wilde en el centenario exacto de su muerte. Y lo hace de la mano de
la realidad histórica de un lado, de la mano del sueño de otro. La
minuciosidad casi histórica con que, en los dibujos a línea que
acompañan al texto, describe el mundo oriental de Judea, que ha asumido
en parte las costumbres del conquistador romano, sus ropajes, la riqueza
de sus tiaras y diademas, contrasta con la libertad absoluta de los
aguafuertes donde lo que hace Perellón es leer el mito de Salomé desde
el interior, desde el sueño, tensamente erótico de la protagonista, que
adopta formas diversas: oscuros animales en acecho, plantas que se
retuercen, ojos alucinados del Bautista que clama para prohibir. |
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No hay aquí concesiones a la realidad inmediata: el ojo que vigila el
desperezamiento desnudo de la mujer es ojo porque sueña, no porque ve;
sus cabelleras hirsutas las ha soltado un viento de tragedia, el que
incuba el deseo; y esas caras que trasparecen a través de las copas o de
los cuerpos de mujer, como esos rostros que se asoman a las paredes en las
casas embrujadas, vuelven a ser hijas de la noche, engendradas por la
lubricidad que anima el subconsciente de la hija de Herodías.
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Y la luna, ese metal de plata con el que el texto de Oscar Wilde teje
la amenaza de la tragedia, preside con su blancura seca, vacía y redonda,
todo ese mundo de erotismo desbordado, de erotismo mortífero, que lleva
dentro de sí Salomé, segura de los estragos que su baile puede provocar
en ese títere que llevó en la historia el nombre de Herodes.
Con la mezcla de minucioso realismo y de un onirismo erótica desatado,
Celedonio Perellón sitúa la visión del mito de Salomé en una
dimensión nueva: entre el cómic y el surrealismo, Perellón describe a
un tiempo la historia de una época muy concreta, con los pormenores
cotidianos y los detalles exigibles a la verosimilitud, y el mito
sublimada del erotismo: que los protagonistas fueran, en la historia, y
más todavía en la leyenda, unos seres llamados Herodes, Juan el
Bautista, Salomé y Herodías, importa poco: nombres y personajes no son
más que la diversa indumentaria que envuelve una pulsión universal, de
todos los tiempos y países: el trabajo subconsciente y arrasador del
amor, capa de llegar a la tragedia. |
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Es lo que Celedonio Perellón devuelve al mito de Salomé: realismo
histórico y onirismo desaforado en los dibujos y las láminas con que ha
tratado de acercarse, una vez más, al mito del deseo y su labor de zapa
en el sueño, como homenaje a esta magnífica figura que, hace poco más
de cien años, Oscar Wilde supo leer de otra forma, libre de las atadura
religiosas de donde procede, para expresar lo que quizá haya sido la
fuerza motriz del siglo XX: la sexualidad como expresión más profunda de
la vida íntima, exclusivamente propia, de cada individuo. Sólo la
poesía y el sueño -y Sigmund Freud hurgará en esa dirección- pueden
expresarla por encima de la razón; la poesía, el sueño... y otras
formas artísticas: desde la ópera de Richard Strauss hasta este trabajo
reciente de Perellón, prueba de su trato con el mundo subconsciente, más
real siempre que lo palmario que tenemos ante la vista; porque un ojo ve,
sobre todo, porque sueña.
Mauro Armiño
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