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La importancia de la iconografía en la obra de los naturalistas

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Texto incluido en la obra “suite Botánica de Lamarck”, escrito por Joan Esteva de Sagrera, Catedrático y Decano de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Barcelona

Los herbarios de plantas, sean o no medicinales, tienen su fundamento en la fidelidad con que la planta es descrita. La iconografía tiene una importancia decisiva y resulta de gran valor para la identificación y catalogación de las plantas. Los herbarios aztecas alcanzaron un nivel semejante al de los europeos en la Edad Media y constituyen una fuente valiosísima para conocer las plantas utilizadas en esa cultura precolombina. También los chinos fueron maestros en el arte iconográfico y sus Pen-ts’ao, como el célebre de Li Che Chen, alcanzaron una objetividad en la descripción botánica y una exactitud iconográfica que subyugaron a los naturalistas europeos.

… La iconografía constituye el mejor medio para describir la planta y precisar sus características, junto con la descripción escrita, a la que completa. El padre de la botánica moderna, Linneo, contó también con la colaboración de dibujantes excelentes, que se pusieron a su servicio e ilustraron visualmente la obra del maestro sueco, siempre desde el punto de vista del icon y sin ampliar ese concepto.

Un capítulo importante en la historia de la iconografía botánica fue la serie de vicisitudes que sufrió el proyecto de grabar las láminas fruto de las expediciones americanas. La importancia de los grabadores en la obra de los naturalistas se pone de manifiesto en el proyecto ilustrado que intentó formar una escuela de grabadores para las “Floras Americanas”. Casimiro Gómez Ortega intentó llevar adelante un plan para conseguir la publicación de las láminas de la “Flora Peruana y Chilense”. También debían editarse las láminas de las expediciones a Nueva Granada y Nueva España. Casimiro Gómez Ortega, Primer Catedrático del Jardín Botánico, concibió un ambicioso proyecto de técnica calcográfica.

… Jean Baptiste Lamarck (1744-1829) realizó una gran aportación a la botánica, la “Encyclopédie Botanique”, en la que la calidad de las láminas, siempre en la línea del icon, es el mejor complemento a una observaciones morfológicas y unos conocimientos botánicos del más alto nivel. Lamarck no se limitó a la descripción de plantas conocidas y amplió su estudio con especies exóticas y tropicales. El resultado fue una obra que produjo un gran impacto en los naturalistas de su tiempo, impacto todavía mayor debido a la calidad inusual de sus ilustraciones.

La afición de Lamarck por la Botánica se puso de manifiesto en su herbario personal, que tenía 60.000 ejemplares y que se vio obligado a vender cuando tuvo la desgracia de perder la vista. Sus obras botánicas fundamentales son “Ilustración dels genres de l’Encyclopedie methodique” y su “Botanique”. En ambas realiza una descripción minuciosa, que todavía sorprende por su rigor y precisión. La obra de Lamarck destaca por la calidad de sus descripciones y también por su cantidad, pues se inspiró en el trabajo realizado por naturalistas anteriores, entre ellos el fundador del Jardín de Pamplemousses, Baptiste-Christophe Fusée-Aublet. Lamarck tuvo un excelente conocimiento de la obra de los mejores botánicos y por ello pudo ofrecer una compilación de los trabajos realizados con anterioridad. Incorporó a su obra lo mejor de botánicos tan insignes como Pietro Arduino, director del Jardín Botánico de Padua, Antonio José Cavanilles, director del Jardín Botánico de Madrid, Philibert Commerson, miembro de la expedición de Louis-Antoine de bougainville, René Louiche-Desfontaine, profesor del Museo y Pierre Sonnerat, corresponsal en el Gabinete del Rey.

La obra de Lamarck no se redujo a la botánica y abarcó también la medicina y la zoología. Completó las aportaciones realizadas por Linneo sobre los invertebrados y el resultado fue la “Historia Natural de los Invertebrados” (1815-1822), en siete volúmenes. Además de realizar observaciones concretas, como la distinción entre los arácnidos y los insectos, destacó en el ámbito teórico y propuso una ambiciosa teoría de la evolución en su “Philosophie zoologique” (1809), dedicada a estudiar y explicar las transformaciones que se producen en los seres vivos. Contrario al creacionismo fijo e inmutable, se avanzó a las ideas evolutivas de Darwin y postuló que los esfuerzos producidos en la lucha por la supervivencia generaban una serie de cambios en los individuos y que éstos los transmitían a sus descendientes. Lamarck no usó, sin embargo, el término de evolución, sino el de transformismo. El primero en utilizar la palabra evolución fue un adversario de Lamarck, Charles Lyell (1797-1875), que polemizó contra él.

La valoración recibida por la obra teórica de Lamarck es ambivalente. Aunque se reconoce su figura de precursor, no se acepta su teoría sobre la transmisión de los caracteres adquiridos y la ciencia actual se decanta a favor de la interpretación de Darwin, que hace hincapié en la selección natural y la lucha por la supervivencia, completado todo ello con las modificaciones genéticas. Las observaciones de Lamarck en el ámbito especulativo han sido seriamente cuestionadas. No así su trabajo como botánico y zoólogo. Su figura teórica se ha visto ensombrecida, pero no ha afectado a su prestigio como botánico, avalado por la cantidad y calidad de sus descripciones. Ha contribuido decisivamente a ello el trabajo realizado por sus colaboradores, los dibujantes que dieron forma y en cierto sentido vida a las descripciones de Lamarck. El resultado es una sutil mezcla de ciencia y arte, la estética unida al rigor científico.

Los hermanos Redouté, Pierre Joseph (1759-1840) y Henri-Joseph (1766-1852) fueron los mejores de la pléyade de dibujantes que colaboraron con Lamarck, entre los que también destacan Jean-Baptiste Audebert, Jacques Eustache de Sève, Nicolás Maréchal, Pierre Bernard, A. Poiret y Fossier. De todos ellos es inevitable destacar al mayor de los hermanos Redouté, Pierre Joseph, nacido en Saint Hubert y que empezó su labor de dibujante especializándose en santos, muchos de ellos premonitoriamente rodeados de flores, en clara anticipación de su futura dedicación a la iconografía botánica como colaborador de Lamarck. Su nueva técnica de ilustración dio a los grabados un brillo y una calidad semejantes a los de las acuarelas, algo que antes nadie había conseguido.

… Lamarck no debió enfrentarse a tantos problemas y obstáculos. Se vio favorecido por la fortuna de contar con la colaboración de un equipo excepcional de dibujantes y el grabado de las láminas pudo realizarse sin impedimentos. El acierto en la selección de sus dibujantes convierte cada una de sus láminas en una perfecta miniatura, en dibujos magistrales y pequeñas obras de arte. El colorido, la composición, el trazo, hacen de cada lámina un objeto artístico, al margen de su indudable valor para los naturalistas. Arte y ciencia se dieron la mano en los ilustradores botánicos de los siglos XVIII y XIX, en los dibujantes y grabadores que hicieron posibles obras maestras e irrepetibles como las ediciones originales de los textos botánicos de Lamarck. Su innegable mérito científico no oscurece el talento mostrado por sus dibujantes. Pocas veces se ha producido una colaboración tan fructífera como la protagonizada por los botánicos de los siglos XVIII y XIX y sus dibujantes. Las expediciones españolas son un ejemplo evidente, pero tuvieron ante sí demasiados obstáculos. Por el contrario, Lamarck y sus dibujantes y grabadores pudieron dedicarse a su obra sin verse perturbados por problemas ajenos a la calidad de su trabajo. Esas circunstancias favorables hacen de la obra de Lamarck uno de los momentos cumbres de la colaboración entre la ciencia botánica, el arte de los dibujantes y la técnica de los grabadores, colaboración que encuentra su punto álgido en el trabajo conjunto de Jean-Baptiste de Monet, caballero de Lamarck y el “Rafael de las flores”, Pierre Joseph Redouté.

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