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Madame Bovary, de Gustave Flaubert: espectáculo narrativo de ejecución intachable

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“Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad”, dice Italo Calvino en “Por qué leer los clásicos” y así se recoge, junto con otras citas del mismo texto, en la edición de “Madame Bovary” (disponible en FantasyTienda) que nos ofrece Siruela. Enfrentarse a un clásico siempre es especial, diferente que a cualquier otra lectura. Mucho tiene que ver con esa sensación aquello de los que nos advierte Calvino: antes de empezar siquiera a descifrar la primera palabra creemos cargar con un millar de datos, prejuicios y valoraciones de la obra. Nos preguntamos: ¿apreciaré la importancia que tiene?, ¿veré aquello que otros vieron?, ¿merece realmente la pena con todo lo que ya sé del libro?, ¿y si me veo antes la (las, en este caso) película? Por fortuna, todo ese humo se disipa nada más pasar la primera página, y según avancemos en la obra cardinal del maestro de maestros Gustave Flaubert (Ruán, 1821- Croisset, 1880) solo lo recordaremos como un lejano -y absurdo- desvarío.

Madame Bovary es en realidad Emma Rouault, la hija de un acomodado agricultor al que el oficial de salud Charles Bovary debe atender una fría noche de invierno. Hermosa, de esmerada educación y apasionada por las lecturas románticas, la joven encandilará a Charles y se convertirá, a partir de entonces, en una fuerza arrolladora que a pesar de todos, y de sí misma, turbará las vidas de los vecinos de Yonville-l Abbaye, un pueblo en los confines de Normandía.

Previamente, en la primera parte de la novela, Flaubert recorre las vivencias del futuro marido de Emma así como los preámbulos y la culminación del inevitable amorío; sentando, además, las bases que harán de la ya señora Bovary un personaje mítico. Porque es al final del primer bloque donde por vez primera se nos muestra a esa Emma presa de sus ensoñaciones, víctima de la monotonía y cautiva de sí misma, que tras mucho buscar propósitos con los que distraerse, acaba provocando el traslado de la familia. Un cambio de aires de cuyo resultado ya advirtió Séneca a Lucilio: “¿Quieres saber por qué esa huida no te reconforta? Huyes contigo mismo”.

Con la llegada de los Bovary a Yonville-l Abbaye da comienzo la segunda, y capital, parte de la novela. Capital porque será donde Flaubert lance sus cargas de profundidad contra todo aquel que se ponga a tiro. Gobernantes, religiosos, comerciantes, médicos, intelectuales, prensa, nobleza, prestamistas, y como no, el fisco. Apoteósico es el capítulo dedicado a la feria agrícola, donde una tras otra, las distintas autoridades van compareciendo ante el respetable para pronunciar sus hilarantes discursos con tanto éxito, que incluso “vaqueros y pastores habían empujado hasta allí a sus animales”. Inolvidables serán para cualquier lector vecinos como Homais, y su síndrome verborreico; el abate Bournisien, con su resignado ejercicio del ministerio o Lheureux, el “honrado” mercader que cumplirá todos los deseos de nuestra protagonista. Habitantes de un pueblo con un ecosistema propio que es proyectado de manera magistral. Los dimes y diretes, las intrigas y las cuitas de sus habitantes son tratados en profundidad pero con perspicacia. En “Madame Bovary” lo obvio rara vez se encuentra. Flaubert es sibilino en su propuesta porque parece llevarnos por la nada hacia la nada cuando en realidad no hay ni una página en la que dé puntada sin hilo.

¿Y qué ha sucedido con nuestra cautivadora heroína? Como no podía ser de otra manera, se ha vuelto enamorar. Entre lo casto y lo carnal, lo solo imaginado y lo repetidamente consumado, Emma conocerá el éxtasis y se reencontrará con el delirio, llevándonos en otra huida a la última parte de la novela. En esta ocasión, sin embargo, la fuga más que un cambio de escenario impone un cambio de perspectiva. Ruán tendrá al fin el papel que merece, pero incluso la ciudad natal de su creador será un vago espejismo para Madame. A cada paso más alejada de una realidad que ha transformado en ilusión, Bovary es ya una condenada, porque persigue algo que únicamente existe en las románticas historias leídas e imaginadas durante su adolescencia y que han distorsionado sus sentimientos hasta reducirlos a un puñado de frases hechas, situaciones deseadas y amores imposibles.

Llegados a este punto, y firme mi propósito de no desvelar sino lo estrictamente necesario, ¿mantiene su impronta “Madame Bovary”? Sin duda. Creo, eso sí, que en la actualidad los romances de Emma no le robarán el sueño a nadie. Pero la cuestión fundamental, entonces y ahora, es otra. Al margen de la incuestionable vigencia de sus ya apuntadas reflexiones, si en su tiempo el libro tuvo mucho que ver con la “guerra” frente al romanticismo (en la que Flaubert luchó por libre), hoy continúa erigiéndose como paradigma de la novela perfecta, compendio de cómo se debe ejercer un oficio transmutado en arte difícil de encontrar en nuestros días.

Una estructura estudiada al milímetro, capítulos que merecerían una reseña propia (como el de Hippolyte y su pie zopo, el de la Ópera de Ruán o el “accidentado” viaje en carruaje por sus calles), y pasajes en los que como si de una obra de teatro se tratara, suceden al tiempo múltiples enredos entre los que nos movemos en un suspiro. Sigue asombrando la destreza del ruanés en el retrato de la naturaleza, las calles y el entorno que habitan sus personajes, plasmados, a su vez, de un modo soberbio y deliciosamente cruel. No los juzga, pero a cambio los expone de un modo tan transparente, bien como son (Emma) o bien como quieren presentarse (Homais), que los deja constantemente a los pies de los caballos.

El conjunto habla de una gran novela, pero también, y sobre todo, de un extraordinario autor. En su “Nota de traducción” Mauro Armiño inicia su excelso trabajo diciéndonos que Flaubert dedicó cinco años ininterrumpidos a la creación de su obra cumbre, un texto de 500 folios para cuyo alumbramiento llegó a redactar 4.500. Pero por entonces, Madame Bovary no había hecho más que comenzar su verdadero viacrucis. A la implacable censura a la que el mismo Flaubert había sometido su obra, se sumó la impuesta por las recomendaciones de sus amigos íntimos y en especial, del codirector de la Revue de Paris, la revista encargada de la publicación. Para colmo, las supresiones y adaptaciones practicadas no evitarían que las autoridades denunciasen a los editores y al autor por “ofensa a la moral religiosa” y “ultraje a las buenas costumbres”, proceso del que por fortuna fueron absueltos.

Los problemas con los que Flaubert hubo de lidiar acrecientan la grandeza de la obra y su propio mito. El de escritor obsesivo y perfeccionista, que pone su vida al servicio de la literatura y gasta su salud en la búsqueda incansable de esa única palabra que expresa adecuadamente un determinado pensamiento. El resultado es un espectáculo narrativo de ejecución intachable.

La edición de Siruela es magnífica, con una traducción que colma de información al lector por medio de casi doscientas notas y un Apéndice que añade tres fragmentos recientemente descubiertos en los manuscritos originales. Por ponerle un pero, hubiera sido de agradecer que el encargado del prólogo no revelara el final de la novela en la segunda de las dos páginas que ocupa. Avisados quedáis, Vargas Llosa: SPOILER ALERT.

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