Cleopatra y Marco Antonio

Un día, en el Museo Capitolino
de Roma, me encontré con tu mirada.
Ardías en el mármol, resignada
a la desolación de tu destino.
Ardías como ayer. Fuego divino
signó tu condición de enamorada;
y esos labios que ya no dicen nada,
bebieron besos y besaron vino.
Vino el amor, y anduvo tus veredas
una vez y otra vez, pero es de Antonio
la sombra que aún resbala por tus lechos.
Desnuda en la caricia de tus sedas,
vuelve el roce letal de aquel demonio
que mordiera en la gloria de tus pechos.
Paolo y Francesca
“Ahora empieza mi oído a ser sensible
a las dolientes notas…”
Dante. “Infierno” Canto V
Oye, Francesca, al ruiseñor que trina
en la noche lunada. Cierra, cierra
esa ventana, y húndete en la tierra
de mi vientre. Como una mandolina
de otro cielo, su música declina,
y es su paz la que inicia nuestra guerra.
Tu boca es el panal donde se entierra
mi ansia viva de ti, dulce vecina.
Lancelot despertó nuestro deseo
y en nada creo ya: sólo en ti creo.
Gianciotto calla, pero acaso sabe.
Oye de nuevo al ruiseñor que canta.
Dame tus pechos, dame tu garganta,
antes de que la muerte nos acabe.

