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Las Musas

Texto: Mauro Armiño
Ilustraciones: Celedonio Perellón

“Esta singular obra viene a suponer, además de un placer para el bibliófilo, un reencuentro necesario con las formas más seductoras y delicadas del arte de ilustrar”.

LAS MUSAS

En la obra de Celedonio Perellón hay una constante que destaca sobre todas las demás: la adoración de la mujer, del cuerpo de la mujer. Era inevitable, por tanto, este encuentro entre Perellón y las nueve mitológicas vírgenes de la Antigüedad, las Musas, que, además de mujeres, presiden la cultura occidental, todo lo que ha salido de la creatividad de la mente humana: desde que Herodoto tituló con sus nueve nombres los nueve libros de su Historia, ahí están ellas presidiendo las artes. Al parecer, era inevitable que en un determinado momento se encontraran con Perellón: «Siempre he sido un ferviente admirador suyo; cuando hay alguna actividad, le aplico una Musa; de ahí salió la idea de trabajar sobre ellas; han inspirado, además, una larga tradición pictórica, sobre todo durante los siglos xvii y xviii en el centro de Europa.»

Cuando Perellón eligió las Musas por tema se dio cuenta de que era un tema «un tanto insólito», porque apenas se había tocado: «Técnicamente me adentré en la historia de Grecia primero, me empapé de lo poco que se sabía de sus distintos cometidos; y me encontré con que al principio no hubo representaciones; no se los adjudican hasta época tardía, pero con rasgos tópicos de la escultura de la época». En esa etapa, el arte griego no refleja realidades, sino conceptos, y digamos que retrata en las escasas representaciones de las Musas a la joven virgen, con los rasgos medidos de acuerdo con el canon griego de la belleza. «La imagen de Zeus, por ejemplo, tanto el Zeus tonante con sus rayos, como el Zeus libidinoso que persigue ninfas por los bosques, está más marcada, porque la tradición artística le ha dotado de una apariencia y unos trazos que se han repetido a lo largo de los siglos. La falta de “imagen” de las Musas, la falta de “cara oficial”, por decirlo de alguna manera, me permitía una gran libertad creativa para imaginar sus figuras, sus poses, sus caras».

El símbolo cultural que esas divinidades mitológicas significan entronca con la pasión más evidente en la obra de Perellón, que ha pintado, que ha sometido a su buril, su pincel, su lápiz o su pluma, el cuerpo femenino; a lo largo de su dilatada carrera las ha hecho vivir veladas o sin velos, soñadas o reales, llenas de misterio o de carnalidad, ofreciéndose a nuestros ojos en medio de la ensoñación púber de un pujante deseo todavía desconocido, o en la expresión de una madurez que ya sabe lo que es el eros y reconoce su fuerza sobre los sentidos: es lo que quien mira puede percibir en las múltiples exposiciones de sus cuerpos a lo largo de obras anteriores de Perellón como el Decamerón, La Celestina, Salomé

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