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Presentación del “Codex Calixtinus” de Liber Ediciones

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Presentación de la edición ilustrada del “Codex Calixtinus” editado por Liber Ediciones, realizada en Santiago de Compostela, a cargo del Arzobispo de Santiago de Compostela, Julián Barrio Barrio

CODEX CALIXTINUS

PRESENTACIÓN

¡Excmas. / Ilmas. autoridades!

Sr. Director del Instituto de Estudios Gallegos “Padre Sarmiento”

Ilmo. Sr. D. Celedonio Perellón

D. Juan José Izquierdo, Editor de Liber Ediciones

Después de estas magníficas disertaciones sobre el contenido del Codex Calixtinus, al contemplar esta hermosa y cuidada edición, considero que mi misión es hacer el elogio del libro, tanto más a valorar en este momento de “dominio del anti-espíritu”. El libro es “un asunto inagotable como expresión del ser del hombre. Poseer un libro es un signo de salvaguardia de la dignidad humana”. No exagero si afirmo que una de las herramientas más maravillosas creadas por el hombre ha sido el libro. Esta herramienta le ha permitido un aumento considerable de la capacidad de su memoria. Desarrolló la comunicación entre los hombres al permitirles remontar las barreras del tiempo en la recepción de los mensajes y facilitó el intercambio de información sobre lo útil y provechoso. También le ayudó, acrecentando su bagaje intelectual. No se puede olvidar que el libro siempre ha jugado un papel fundamental en el ejercicio del poder, en los vínculos entre los individuos y en la relación con lo sagrado.

Hay, naturalmente, una prehistoria del libro: el libro oral, que fue la primera forma que tuvo el libro y que ha perdurado durante milenios, incluso conviviendo con el libro escrito. Puede resultar extraña la denominación de libro para algo que no tiene una forma material tangible. Pero una cosa es el contenido o mensaje y otra la forma material en que se presenta. Ésta, ha variado, además, sustancialmente a lo largo de la historia y va a continuar variando. Históricamente se ha ido adaptando a las características de las nuevas situaciones sociales o civilizaciones, de acuerdo con las diversas necesidades de información y los materiales disponibles. También han variado los materiales empleados: arcilla fundamentalmente para las tabletas; papiro para el rollo y, en menor proporción, para el códice; pergamino principalmente para el códice y las hojas sueltas y, por último, materiales plásticos para el disco y la cinta.

En la introducción del importantísimo libro Historia de la lectura en el mundo occidental, cuyos coordinadores son los especialistas en historia de la cultura escrita Guglielmo Cavallo y Roger Chartier, autores de la introducción, se rebate aquella posición que señala que el texto existe en sí, separado de toda materialidad. Al respecto los citados especialistas nos dicen: “no hay texto alguno fuera del soporte que permite leerle (o escucharle). Los autores no escriben libros; no, escriben textos que se transforman en objetos escritos –manuscritos, grabados, impresos y, hoy, informatizados- manejados de diversa manera por unos lectores de carne y hueso cuyas maneras de leer varían con arreglo a los tiempos, los lugares y los ámbitos”.

La escritura no sólo implica, desde su aparición, signos (pictografías, ideogramas, etc) sino también un material sobre el cual se materializan dichos signos. Sabemos, por la enorme cantidad de tabletas que nos quedan de la región mesopotámica, que el material utilizado fue básicamente la arcilla, aunque también utilizaron metal y piedra. Con relación a este último material nos viene de inmediato al recuerdo la “Roca de Behistún” (en las montañas de Zagros, en Irán noroccidental) y la muy famosa “Piedra de Roseta”. El papiro es otro de los materiales que durante un periodo bastante extenso de la historia humana sirvió como soporte escritural y que constituye conjuntamente con la escritura egipcia antigua una de aquellas creaciones trascendentes de la historia de la humanidad.

Si nos atenemos al proceso de evolución de la escritura y sus soportes, hay que reconocer que la historia de la humanidad tiene una prolongada etapa oral, anterior a la escritura, pero hace más de cinco milenios, en la zona de la Creciente Fértil Media Luna, aparece la escritura, específicamente en Súmer. “La invención de la escritura, más que cualquier otro logro, llevó el lustre de la civilización a las vidas de los hombres. El dar este paso gigantesco hace más de cinco mil años posibilitó el conservar pensamientos y experiencias y el transmitir a generaciones futuras sabiduría arduamente conquistada, dos procesos esenciales para el mantenimiento de una sociedad compleja”. “En la famosa novela de Dostoievski, El idiota, hay un pasaje muy bonito, cuando el príncipe Miskin, obligado a esperar en una antesala, empieza a hablar de los distintos tipos de caligrafía y explica el alma y el carácter de cada una y en que consiste su belleza”. Cómo olvidar el monumento más hermoso que se ha erigido al libro en uno de los lugares más sublimes de la poesía de todos los tiempos como es el último Canto de la Divina Comedia de Dante.

Para no ser demasiado prolijo y aproximándonos a lo específico de este acto, es muy importante destacar que el libro jugó en la Edad Media un papel muy importante en la educación, porque si la palabra del maestro era casi sagrada (el magister dixit), sin embargo el maestro de los maestros era Aristóteles, es decir, sus obras. Esto no debe hacernos olvidar que esa educación era esencialmente elitista y propia del estamento religioso. Por ello, como bien señala Jacques Le Goff, durante la alta Edad Media, en el llamado renacimiento carolingio, los libros eran concebidos como una obra de arte, como un lujo, con una demanda muy escasa, “no se hacen para ser leídos, sino para engrosar los tesoros de las iglesias o de los particulares ricos, es decir constituyen un bien económico antes que un bien espiritual. Algunos de sus autores, al copiar las frases de los antiguos o de los padres de la Iglesia, afirman ciertamente la superioridad del valor del contenido espiritual de dichos libros. Pero se cree en ellos bajo palabra. Y esto no hace sino acrecentar su precio material. Carlomagno vende una parte de sus hermosos manuscritos para repartir limosnas. Los libros son considerados exactamente como las vajillas preciosas”. Asimismo, el copiar los libros era para los monjes copistas, no tanto una tarea que reflejase un interés intelectual, sino más bien una tarea difícil que podía ser tomada como una penitencia, de forma que cuanto más se copiase, las posibilidades de salvación eran mayores. Estos monjes miden por el número de páginas, de renglones, de letras los años de purgatorio remitidos o, inversamente, se lamentan de la falta de atención que al hacerles saltar alguna letra prolonga su estancia en el purgatorio. Legarán a sus sucesores el nombre de ese diablejo especializado en hacerlos rabiar, el demonio Titivillus de los copistas. El conocimiento y la ciencia, contenidos en los libros, eran para el hombre del alto medioevo un tesoro. Los libros debían ser elaborados cuidadosamente y guardados celosamente.

Por encima de todo anacronismo, ésta ha sido la filosofía que ha inspirado este loable y magnífico proyecto de la edición del Codex Calixtinus, llevada a cabo con tanta dedicación y esmero por LIBER EDICIONES. Desde el Año Santo Compostelano 1999 LIBER EDICIONES ha venido publicando los distintos libros que integran el Codex Calixtinus en una cuidada y artística edición, donde en una perfecta síntesis se han combinado las más depuradas técnicas clásicas de impresión y encuadernación con las más modernas. Si interpretación es “decir lo mismo con otras palabras”, la presente edición es una interpretación, tal como lo contiene el manuscrito original del Codex Calixtinus. La exigencia científica, condensada en el principio rankiano de la “reconstrucción de lo que realmente sucedió” a través de una técnica interpretativa auténtica, incluye también a la historia de la cultura jacobea, en el sentido de que sólo así se salva de ser una simple operación ideológica.

En este contexto y dentro de este Año Santo Compostelano 2004, cuando esta obra se ha visto coronada felizmente, no está mal recordar con las palabras del papa Juan Pablo II la importancia decisiva del fenómeno jacobeo en la integración y configuración de Europa: “Europa entera se ha encontrado a sí misma alrededor de la ‘memoria’ de Santiago, en los mismos siglos en los que ella se edificaba como continente homogéneo y unido espiritualmente. Por ello el mismo Goethe insinuará que la conciencia de Europa ha nacido peregrinando”. La fuente por antonomasia, de donde inagotablemente mana esa “memoria”, es sin lugar a dudas el Codex Calixtinus.

Por todo ello, expreso mi más cordial felicitación y merecido agradecimiento a todos cuantos han participado en este proyecto de edición y acto de presentación: a don Celedonio Perellón Cardona, quien en la versión contemporánea de monachus urbanus ha sabido captar el genuino espíritu de los miniaturistas medievales; a la familia Martí por la iluminación y coloreado de las miniaturas; a don Juan José Izquierdo Broncano, responsable de Liber Ediciones, por la valentía de seguir creyendo en la “Galaxia Gütenberg” en un momento que se ve seriamente amenazada por la “Galaxia Digital”; a los profesores don Manuel Cecilio Díaz y Díaz y don Juan José Moralejo Álvarez, por la altura y lustre intelectuales que le han aportado a este acto y a don Eduardo Pardo de Guevara y Valdés, director de esta casa, que generosamente prestó sus instalaciones para que esta presentación fuese posible. A todos, señoras y señores, muchas gracias y que el Santo Apóstol premie su magnífica y loable labor.

Julián Barrio Barrio,   Arzobispo de Santiago de Compostela

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